Pinches peatones

En México he escuchado versiones que piden multar a los peatones. No simpatizo con estas posturas, pero esto es algo que no argumentaré en este momento. De lo que quiero hablar es que en Canadá me encontré con una posición similar.

Un día veo que un periódico, 24 Hrs, publica en primera plana que se eleva el “jay walking” sin que se apliquen sanciones. La gente cruza las calles fuera de los lugares designados para ello de manera creciente. Otro día The Vancouver Sun destaca, también como nota principal, que una adolescente murió por cruzar en un sitio no marcado como cruce peatonal.

¿Son los peatones los que están mal? ¿Debe privar en todo el mundo la ley del garrote para que los peatones se comporten bien o las ciudades tendrían que ser pensadas para los peatones? Simplemente les dejo las imágenes de los dos periódicos.

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Entonces sí se puede

Tuve la idea de escribir estas líneas por la polémica que, intencionalmente, provoqué en mi línea temporal de tuiter respecto a la intervención de la policía en contra de manifestaciones. Mi posición, en general, ha sido reticente a la intervención. Pareciera que estoy en contra de toda intervención policial respecto a una manifestación, o que tiendo a simpatizar con posiciones anarquistas que terminan dañando a la ciudad. La realidad es un tanto distinta, pero a la vez enredada.

He tenido muchos años para reflexionar mi punto de vista respecto a la Represión. 25 en concreto, desde 1988, que fue cuando me vi bajo los golpes de los granaderos. En algún momento pensaba, Represión no es aplicación de la ley. Es decir, si estamos ejecutando un mandato legal no hay represión. Esto tiene algo de cierto en tanto no hay ningún prejuicio sobre la ley, pongámosle una gotita de prejuicio, y de pronto la ley trae consigo la represión.

El punto de partida es justo el prejuicio. Yo supongo que todos mis actos están bien hechos, se enmarcan en los derechos que me otorga la legislación, sobre todo la Constitución, y que además hay un sentido de justicia en ellos. Yo no prejuzgo mis actos porque simpatizo con ellos. Luego viene el prejuicio a los actos de los demás ¿puedo? En realidad yo metí la pregunta en un engaño: simpatizar implica un prejuicio. Si prejuzgo los actos de los demás es porque simpatizo o difiero de ellos. Si sin estar de acuerdo permito que existan no hay prejuicio.

No siempre hemos sido una democracia (de hecho tenemos muy pocos años de serlo), de tal suerte que en algún momento de la historia podría haber habido actos ilegales que generaran simpatías de quienes querían llevar a la sociedad un poco más lejos de lo permitido por las reglas: ¿puedo simpatizar con una revolución, un golpe de estado, la toma de un edificio cívico, un zapatazo o un vaso de agua sobre un político, un grafiti? La respuesta es que en un momento dado sí, pero ese momento dado no siempre puede marcarse por indicadores objetivos.

Escribí Grafiti y no Graffiti, como escribo Tuiter y no Twitter, pero no sé si debo escribir Munich, Münich, Müngen o alguna forma hispanizada. Escribo Pizza y no Pitsa, iPhone y no Aifon, Google y no Gugul. Las reglas siempre terminan en un punto de subjetividad. Me gusta escribir Grafiti, es como hacer mía la palabra.

Uno de mis últimos actos públicos como panista, tres años antes de renunciar, fue viajar a León, Guanajuato para abuchear a Manuel Espino. Sin haber decidido mi renuncia, manifesté, como muchos, mi hartazgo. El abucheo a Espino valía la pena en tanto era el primer presidente nacional del PAN que debía leer su discurso entre un rechazo generalizado. Ya le tocó algo parecido a Gustavo Madero; el hecho de no ser el primero sometido a tal repudio le quitó el encanto a los que protestaban.

Mientras más presidentes del PAN sean abucheados, más débil será este partido. Mientras más presidentes de cualquier partido sean abucheados, más débil será el sistema de partidos. Mientras más líderes sean abucheados, más débil será nuestro liderazgo. El abucheo sirve para tirar la pared, pero no para levantarla.

Cuando las manifestaciones cercan a la ciudad se capta la atención de todas las personas, independientemente de las simpatías. Mientras más afectaciones dejan a los demás ciudadanos más animadversión generan. Es difícil simpatizar con las manifestaciones cuando adoptan un papel de resistencia como si su causa fuera la causa de todos. El posible efecto de las primeras manifestaciones que generaron un caos en la ciudad se ha perdido. Es su problema, a mí no me afecten.

La Constitución Mexicana hace una clara referencia a los derechos de terceros. En nuestra expresión podemos hacer todo, menos lo que expresamente prohiban las leyes y lo que afecte a los terceros. Palabras más palabras menos. ¿Quién define los límites?

Con la evolución democrática nos damos cuenta que el derecho de manifestación no sólo tiene un contexto político. Yo puedo manifestarme como forma de expresión o como forma de reacción. Hay manifestaciones religiosas, deportivas, de género, de gremio, de cultura o de política. Cualquiera de ellas tiene los mismos derechos que las otras. También puedo manifestarme por solidaridad.

Aquí llegamos a un punto conflictivo: la colectividad abstracta se manifiesta (Los maestros, campesinos, pejistas, antorchistas, pescadores, acarreados, etc.), pero los derechos están claramente establecidos como individuales. Es decir, la acción colectiva está tipificada como delito sólo como acción concertada para que dicho delito ocurra. “Los manifestantes son agresivos” … ¿cómo poder atribuir la acción a un colectivo del que no está demostrada la suscripción de todas las acciones?

Voy a una manifestación y ocurren hechos violentos. ¿Soy responsable? La responsabilidad debe ser claramente objetiva: paso con mi aerosol y pinto un mensaje en una fachada histórica. Daño en propiedad ajena, más los delitos que se acumulen. Pero no me pueden asignar responsabilidad sobre los hechos concretos a partir de un acto subjetivo: iba en la misma manifestación. La simpatía por una causa no me hace responsable de lo que hagan los demás simpatizantes de la causa.

Sí hay una relación distinta en otras sociedades con las manifestaciones, y es muy probable que esta relación esté determinada por las circunstancias de cada sociedad. En el caso mexicano, la represión de los años sesenta y setenta ha marcado mucho de la historia: queremos tolerancia a la manifestación, aún cuando podamos simpatizar con los límites. Esto abre un rango enorme de opciones, desde que estén prohibidos los bloqueos  hasta que la policía sólo intervenga cuando haya un delito que perseguir.

En México son muchos líderes los que ya tienen la llave de las manifestaciones. Basta con ponerse de acuerdo con alguien y con un poco de dinero y una supuesta causa, tenemos 10 mil personas en la calle. Puedo asaltar un banco y organizar una manifestación al mismo tiempo que asegure mi huida. Esto realmente es posible, pero ¿es motivo suficiente para limitar el derecho de manifestación?

La intervención de la policía federal previo al Grito de este año (2013) ofrece un escenario impecable para demostrar el relativismo que hay para limitar la manifestación: 1. La causa fue el Grito y el Desfile, 2. Arrasaron por igual con manifestantes en el arroyo vehicular que en la banqueta o en la plancha de concreto, 3. No tuvieron la misma actitud con los bloqueos al Aeropuerto o al Periférico, 4. La autoridad educativa se negó a recibir a los manifestantes por semanas alegando que sólo el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación es interlocutor.

Esta argumentación dio pie justo a la postura racista de “Limpiaron el Zócalo” llegando al extremo que bien cuestionó Jesús Robles Maloof: el higienismo. Se carga a los (presuntos) maestros no sólo lo relativo a sus manifestaciones, sino además hay una carga peyorativa derivada de la falta de higiene. Los adjetivos no tendrían por qué modificar el carácter de la manifestación los Manifestantes __________ (mugrosos, priístas, judíos, sinaloenses, prietos, faltistas, incultos, indígenas, etc.). El problema es que sí lo hacen.

Claro que aspiro a caminar a gusto por mi ciudad o por cualquier otro rincón público de mi país. Eso incluye banquetas amplias y cómodas, libres de automóviles o de manifestantes, donde no huela a fritanga, a orines, a cárcamo, pero si se puede huela a flores o a pino. Sin embargo, los olores malos existen en la naturaleza y entre las personas, como algo inevitable. Hay quienes dicen que el metro o el metrobús huele mal, yo que los uso con regularidad me encuentro con que sólo de vez en cuando hay personas en concreto que huelen mal.

Hay una carga grande de prejuicios, y creo que todos los tenemos. No es fácil disociarse de ellos. Hace unos años visité a una amiga en Bélgica. Al abordar un tren escogí un asiento junto a un “negro”. Ella me pidió que nos cambiáramos de lugar y pretextó, en secreto, que el hedor de los negros le daba dolor de cabeza. No pude soportar ese nivel de racismo y terminó la amistad.

A lo que aspiro es a que nuestro “sistema de libertades” sea lo más objetivo posible, que defina las reglas de manera objetiva y general, y que considere todas las circunstancias en las que podamos estar involucrados, lo cual no limita la manifestación a lo político.

Paseo de la Reforma se ha cerrado para procesiones religiosas, eventos deportivos, el desfile anual LGBTTTI, festivales culturales y hasta para montar un árbol de navidad. La relación entre el cierre y las posibilidades del cierre tendría que ser la misma en todos los casos. En la última celebración de la Feria de las Cuturas no se podía caminar ya por los camellones de Paseo de la Reforma, me preguntaba ¿Por qué no cierran los carriles centrales para esta feria? y alguien me dijo ¿Por qué no la mueven a otro lugar? Las dos preguntas me resultan pertinentes.

En la campaña para Jefe de Gobierno de 2012 no pude lidiar con la afirmación de la señora Isabel Miranda, Las calles son para los coches. A partir de entonces dejé de referirme a ella con respeto.

Mi relación con las manifestaciones ha cambiado mucho desde que decidí no usar el automóvil todos los días. Esto me ha hecho concluir que en buena medida el rechazo a los bloqueos está definido desde el volante de un automóvil. Un día, sin embargo, a menos de dos kilómetros de llegar a casa en un autobús urbano, me topé con un bloqueo vecinal por la falta de luz en su colonia. Tuve que caminar más de lo normal y estaba molesto. Es allí donde la CNTE pisó en terreno falso: no sólo tocó a los automovilistas, sino que afectó a los usuarios del transporte público y se generó enemigos en todas las clases sociales.

¿Cómo conciliar el plantón con los derechos de tercero, sin el sesgo del automovilista? Hace un año tal vez, o quizá más, Antonio Marvel escribió un extraordinario texto sobre las manifestaciones. Invitaba a verlas con otros ojos, a no imponerles una carga de prejuicios precisamente. Me gustó mucho su artículo, y me ayudó a cambiar mi perspectiva.

Me he preguntado si podemos definir algo básico sobre el libre tránsito y los derechos de terceros durante las manifestaciones: No impedir el libre paso de las personas (aceptando la interrupción al paso de sus vehículos) y No suspender la prestación de un servicio público. La postura puede cooperar a un bienestar superior de la sociedad (el automovilista se baja de su coche y se iguala a los demás al subirse al transporte público), pero no deja de ser una postura parcial y relativa a la movilidad.

Una tienda de campaña frente a un hotel o un comercio afecta las ventas. Un gran plantón puede arruinar a muchos inversionistas o a muchas familias. También lo puede hacer una obra pública. El primer caso no compensa a los afectados, el segundo empieza a hacerlo pero de una manera muy limitada.

En algún momento de mi vida (la era PAN) pude simpatizar con la regulación al derecho de manifestación. También tengo claro que hay un problema importante en la Ciudad de México: desde que elige a sus gobernantes ha sido gobernada por la izquierda, que es particularmente usuaria del derecho de manifestación, llegando hasta el extremo de bloquear por semanas Paseo de la Reforma so pretexto de un fraude electoral que, independientemente de si ocurrió o no, es una acción que rechaza la institucionalidad democrática del país.

El plantón de Reforma es justo si consideras a las instituciones electorales como injustas. La injusticia del plantón comienza cuando crees en las instituciones. Esto me dice que en la medida que somos una democracia con instituciones, el derecho de manifestación política no tendría por qué ejercerse: si se va la luz me la reinstalan en pocos minutos, si no tengo agua hay mecanismos institucionales para que esto se corrija, si me corren tengo las instancias legales para que haya justicia.

La democracia mexicana tendría que estar acompañada de estos mecanismos institucionales. A falta de ellos, las manifestaciones que se salen de lo institucional empiezan a tener razón. No abucheo al presidente de a gratis, sino porque es el único mecanismo que existe para que el presidente reciba críticas, por ejemplo (¿No ha sido un clamor desde 1988 que el presidente escuche las posturas de los legisladores de oposición durante su informe?).

La intervención de la policía en el Zócalo, previo al 15 de septiembre marca un hito y podría ser el empoderamiento de un nuevo estado mexicano. Estaba más que justificada si considerábamos los hechos como acumulados (maestros que no van a trabajar se dedican a afectar lo más posible a los capitalinos para lograr parar una legislación educativa que los evaluará, Uy, qué horror). Como hecho concreto, la intervención se da porque tenían un plantón en el Zócalo justo antes de la tradicional ceremonia del Grito.

El presidente siempre tiene la posibilidad de irse a Dolores para esta fiesta, pero Enrique Peña Nieto quiso aprovechar y aprovechó que era su primer grito y no podía mostrarse débil. Al contrario. Le funcionó bien. El parteaguas está en que a partir de ahora el estado podría comenzar a marcar ciertos límites en el derecho de manifestación (por ejemplo, actuar de inmediato frente a bloqueos a carreteras federales). A favor está el hecho de que la operación fue (casi) impecable.

No está mal el empoderamiento del estado, pero no deja de estar presente la subjetividad en su acción. Lo que está mal es que el empoderado sea un grupo político distinto a aquel con el que simpatizo. Ahí sí tengamos cuidado. El DF ha avanzado mucho en cultura democrática. La mayoría de los estados son un desastre. No sólo la policía interviene de inmediato, sino que no existe una sociedad civil organizada que posicione agendas, sino que siguen expuestos a las genialidades (y corruptelas) de los gobernantes en turno.

La intervención del 13 de septiembre de 2013 me parece un momento quintaesencial del estado mexicano. Nos asumimos con una democracia con los que están dentro. El que se quedó afuera, qué pena. El tren arranca. Así funcionan la mayoría de las democracias en el mundo. Si un grupo quiere ser antisistema está en su derecho, pero tendrá sus límites.

Lo que quiero decir con todo esto es tanto cínico como obsesivo: en algún punto todo estado tiene una dosis de autoritario y eso es lo que lo hace funcionar. No operar así nos puede lleva a la inacción plena, pero esta dosis autoritaria nos fuerza a la subjetividad que vimos detrás de la preservación de la tradición del Grito en el Zócalo: libero por una gran tradición y no por un mandato legal; quito a los que están en el arroyo y en las zonas peatonales, los que están con carpas o sin ellas. No juzgo, arraso.

Si estas intervenciones son límpias (sin sangre) y no incluyen detenciones arbitrarias (en eso aún estamos lejos) me parece (subjetividad otra vez) que no es tan grave si el estado asume que se trata de un acto fundacional que lo empodera para la construcción de un mejor país. No es esa la ruta que llevamos y eso es lo preocupante, empoderamos un estado sólo para que una minoría disfrute del poder. Entonces no se puede.

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Insurgentes – Metrobús Línea 1

¿Qué hacemos con el transporte público en Insurgentes? La línea 1 de metrobús está desbordada y transporta mucho más de lo que se esperaba. Se le llama Víctima de su propio éxito. 

En este momento dominan aún los autobuses articulados, pero cuenta ya con 27 autobuses articulados de un total superior a los 150 vehículos. Según el Balance de la Oferta y la Demanda de ese corredor, se tienen tramos con más de 11,300 pasajeros por hora sentido. La demanda de Insurgentes ya supera los 470 mil usuarios por día y sin duda pronto pasará de los 500 mil.

De tomar esta línea, lo más probable es que viajes hacinado y con velocidades inferiores a los 15 km/h. En general sí es más rápida que el automóvil, porque la vía es lenta para todos los vehículos. Yo he monitoreado velocidades de 13 km/h.

Han surgido todo tipo de propuestas para mejorar el servicio de Insurgentes: Monorriel, tranvía, metro. Aún no he escuchado una propuesta como la que hago aquí: tener dos tipos de servicios, uno de “cabotaje” y otro de “hubs”. Dicho de otro modo, uno que pare cada 500 metros y otro que pueda separ sus paradas sólo a las correspondencias o puntos relevantes.

Esa es mi propuesta de transporte público para Insurgentes: el Metrobús sigue operando con las estaciones que tiene hoy día y en los extremos Indios Verdes – Caminero. Sin embargo, en vez de planear un metro con estaciones cada kilómetro, ampliamos el tren suburbano hasta el sur, pudiendo en el largo plazo salir de la ciudad.

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No todos los servicios tendrían que funcionar Cuautitlán – Parres en realidad. De hecho veo que la ruta Cuautitlán – Buenavista (o Huehuetoca – Buenavista que no tracé) seguiría operando. Incluso, si se llegara a saturar este servicio también podríamos operar con paradas salteadas (ya luego hablaremos más de este esquema).

Me parece que el resultado de esta mezcla de servicios es que la gente tendería a realizar una mezcla muy eficiente entre distintos modos de transporte: auto, taxi, bicicleta, metrobús, autobús, suburbano. Estoy en la Condesa y camino a Insurgentes o a Chilpancingo y si voy al MUAC me bajo en el Estadio y uso metrobús por dos estaciones o en Perisur y me regreso una. 

La lógica de llegar a Parres tendría que ser muy cuidadosa: un precio que haga poco atractiva la suburbanización de esta localidad, pero muy atractivo el Park’n Ride para los usuarios de Cuernavaca, y siempre cuidando el suelo de conservación.

A la par de lo que estoy mencionando hay que revisar otros temas. Insurgentes tiene unas banquetas desastrozas, cruces peligrosos, espacios residuales que podrían ser mejorados. En Eulalia Guzmán existe un puente peatonal para cruzar una esquina semaforizada, hay otros puntos así en el sur. La sección se reduce entre Reforma y Álvaro Obregón y la Glorieta de Insurgentes no termina de ser un espacio que conecte a la Colonia Roma con la Zona Rosa. Insurgentes es difícil para la bicicleta. 

Lo que quiero decir es que tarde o temprano debe revisarse Insurgentes de extremo a extremo para todos los usuarios. 

En algún momento pensé que el rebase de autobuses, los servicios exprés y tomar otro carril por sentido para el metrobús pudiera ser la opción. Estoy convencido de que no lo es: las estaciones se desbordarían y serían puntos incomodísimos. De allí que defienda la convivencia de un tren urbano exprés (en vez de la línea 10 del metro) con el metrobús como funciona hoy. 

Las estructura ciclista que propuse para la delegación Miguel Hidalgo

Hace casi un año fui invitado a participar en la Delegación Miguel Hidalgo como Coordinador General de Movilidad. Al cabo de meses mi área no fue creada, mis recomendaciones no fueron atendidas y de hecho mis pagos tampoco llegaron. A partir de esta colaboración estaré compartiendo algunos de los materiales con mis propuestas.

La imagen a continuación presenta mi plan general de ciclovías. Este plan, tomando como base la infraestructura delegacional, cuesta más o menos lo mismo que la delegación invirtió en un subterráneo en Palmas y Paseo de la Reforma, o incluso menos. Esto es, este plan tendría un costo de unos 80-90 millones de pesos sólo en infraestructura ciclista y con el concurso del GDF para las vías primarias, con 20 millones de pesos más contaría la delegación con una gran red de ciclovías suficiente para atender el 10% de los viajes en bicicleta de la ciudad.

En la mayoría de los casos se trata de ciclovías muy económicas resguardadas por automóviles o por elementos plásticos. Sostengo que la red debe crecer en un principio así y posteriormente cuando se logre que el 15% de los viajes se realicen en bicicleta podríamos replantearnos no sólo otro nivel de confinamiento o tratamiento, sino también mayor ancho para los carriles. Es un error arrancar las ciclovías con elementos petreos si se piensa que la cantidad de ciclistas aumentará significativamente a lo largo de las siguientes dos décadas.

Las estructura ciclista que propuse para la delegación Miguel Hidalgo

El espacio seudo público

Alguna vez, caminando por el Paseo de Santa Lucía en Monterrey, esa gran intervención que se realizó para unir con un canal la Macroplaza con el Parque Fundidora, vi el momento en que un vigilante indicaba a dos muchachas que se hallaban sentadas en los escalones de uno de los puentes del canal, que debían pararse. No le puedo llamar espacio público si hay reglas que me impiden realizar actividades que no afectan al resto de las personas. Puedo entender que no puedo desnudarme, alcoholizarme o drogarme, pero fuera de eso cualquier actividad tendría que estar permitida en el espacio público para considerarlo como tal.

 

En todas las ciudades mexicanas se ha desarrollado la tendencia a considerar como espacio público los centros comerciales. De hecho, la clase media ha trasladado, en general, su convivencia hacia los centros comerciales reemplazando al espacio público por ese espacio privado que se abre al público. No corro, no grito, no empujo: en los centros comerciales aplica la regla del dueño. Siempre hay actividades prohibidas que son inherentes al espacio público: tomar fotografías, andar en bicicleta o en patineta, sentarse en el piso, pasear al perro, comer o beber. En México, ciertamente, está prohibido beber alcohol en el espacio público (hay países en los que esto no es una prohibición).

 

En los centros comerciales hay una actitud esperada de parte del visitante. Las desviaciones podrían ser sancionadas con el destierro de ese espacio seudo público. En los parques uno puede actuar, ensayar una obra de danza, dibujar con gis en el piso, tocar un instrumento. En los parques más concurridos, de hecho, esto sucede. Se venden pinturas, se sienta uno a leer con cierta privacidad, toca la guitarra.

 

En los centros comerciales la única actividad no consumista que es tolerada es el “window-shopping”. Es decir, mientras los parques públicos invitan a ser, los centros comerciales invitan a aspirar a ser.

 

En el espacio público nos reunimos y protestamos. En el espacio de los centros comerciales asumimos, allí la libertad existe en tanto esté representada por una bola de helado de colores infinitos o la elección de una tienda o una película.

 

En los próximos días nacerá Benxamín Remes Vesga. Mis sueños de convivencia con él están relacionados con el espacio público. Seré padre por primera vez y mi imaginación está imparable; me encuentro con él en muchas etapas de su vida … En unos meses saldré a caminar con Benxamín en la carreola, luego de manera alternada lo cargaré o él caminará. Iremos por banquetas angostas, sorteando coches, cruzaremos con dificultad algunas calles y llegaremos a las plazas que nos gustan y están por la casa, o tal vez tomaremos el trolebús para ir a caminar por el Centro Histórico. A veces haremos esto solos, a veces con su mamá y su hermano. En tanto nuestras ciudades no se transformen, será más fácil tomar el automóvil y encerrarnos en un centro comercial.

 

La alfombra roja está tendida para hacer de los centros comerciales el espacio público por excelencia, pero con más reglas y prohibiciones que en una dictadura. Hay más libertad en un parque bajo un gobierno autoritario, que en un “shopping mall” en una democracia . Poco a poco hemos de revertir esta tendencia y hacer que la convivencia de todos, sin importar el nivel económico, sea de nuevo en el espacio público.

 

(Este artículo fue publicado el 21 de mayo de 2012 en el periódico 24 Horas http://www.24-horas.mx/el-espacio-seudo-publico/)