Entonces sí se puede

Tuve la idea de escribir estas líneas por la polémica que, intencionalmente, provoqué en mi línea temporal de tuiter respecto a la intervención de la policía en contra de manifestaciones. Mi posición, en general, ha sido reticente a la intervención. Pareciera que estoy en contra de toda intervención policial respecto a una manifestación, o que tiendo a simpatizar con posiciones anarquistas que terminan dañando a la ciudad. La realidad es un tanto distinta, pero a la vez enredada.

He tenido muchos años para reflexionar mi punto de vista respecto a la Represión. 25 en concreto, desde 1988, que fue cuando me vi bajo los golpes de los granaderos. En algún momento pensaba, Represión no es aplicación de la ley. Es decir, si estamos ejecutando un mandato legal no hay represión. Esto tiene algo de cierto en tanto no hay ningún prejuicio sobre la ley, pongámosle una gotita de prejuicio, y de pronto la ley trae consigo la represión.

El punto de partida es justo el prejuicio. Yo supongo que todos mis actos están bien hechos, se enmarcan en los derechos que me otorga la legislación, sobre todo la Constitución, y que además hay un sentido de justicia en ellos. Yo no prejuzgo mis actos porque simpatizo con ellos. Luego viene el prejuicio a los actos de los demás ¿puedo? En realidad yo metí la pregunta en un engaño: simpatizar implica un prejuicio. Si prejuzgo los actos de los demás es porque simpatizo o difiero de ellos. Si sin estar de acuerdo permito que existan no hay prejuicio.

No siempre hemos sido una democracia (de hecho tenemos muy pocos años de serlo), de tal suerte que en algún momento de la historia podría haber habido actos ilegales que generaran simpatías de quienes querían llevar a la sociedad un poco más lejos de lo permitido por las reglas: ¿puedo simpatizar con una revolución, un golpe de estado, la toma de un edificio cívico, un zapatazo o un vaso de agua sobre un político, un grafiti? La respuesta es que en un momento dado sí, pero ese momento dado no siempre puede marcarse por indicadores objetivos.

Escribí Grafiti y no Graffiti, como escribo Tuiter y no Twitter, pero no sé si debo escribir Munich, Münich, Müngen o alguna forma hispanizada. Escribo Pizza y no Pitsa, iPhone y no Aifon, Google y no Gugul. Las reglas siempre terminan en un punto de subjetividad. Me gusta escribir Grafiti, es como hacer mía la palabra.

Uno de mis últimos actos públicos como panista, tres años antes de renunciar, fue viajar a León, Guanajuato para abuchear a Manuel Espino. Sin haber decidido mi renuncia, manifesté, como muchos, mi hartazgo. El abucheo a Espino valía la pena en tanto era el primer presidente nacional del PAN que debía leer su discurso entre un rechazo generalizado. Ya le tocó algo parecido a Gustavo Madero; el hecho de no ser el primero sometido a tal repudio le quitó el encanto a los que protestaban.

Mientras más presidentes del PAN sean abucheados, más débil será este partido. Mientras más presidentes de cualquier partido sean abucheados, más débil será el sistema de partidos. Mientras más líderes sean abucheados, más débil será nuestro liderazgo. El abucheo sirve para tirar la pared, pero no para levantarla.

Cuando las manifestaciones cercan a la ciudad se capta la atención de todas las personas, independientemente de las simpatías. Mientras más afectaciones dejan a los demás ciudadanos más animadversión generan. Es difícil simpatizar con las manifestaciones cuando adoptan un papel de resistencia como si su causa fuera la causa de todos. El posible efecto de las primeras manifestaciones que generaron un caos en la ciudad se ha perdido. Es su problema, a mí no me afecten.

La Constitución Mexicana hace una clara referencia a los derechos de terceros. En nuestra expresión podemos hacer todo, menos lo que expresamente prohiban las leyes y lo que afecte a los terceros. Palabras más palabras menos. ¿Quién define los límites?

Con la evolución democrática nos damos cuenta que el derecho de manifestación no sólo tiene un contexto político. Yo puedo manifestarme como forma de expresión o como forma de reacción. Hay manifestaciones religiosas, deportivas, de género, de gremio, de cultura o de política. Cualquiera de ellas tiene los mismos derechos que las otras. También puedo manifestarme por solidaridad.

Aquí llegamos a un punto conflictivo: la colectividad abstracta se manifiesta (Los maestros, campesinos, pejistas, antorchistas, pescadores, acarreados, etc.), pero los derechos están claramente establecidos como individuales. Es decir, la acción colectiva está tipificada como delito sólo como acción concertada para que dicho delito ocurra. “Los manifestantes son agresivos” … ¿cómo poder atribuir la acción a un colectivo del que no está demostrada la suscripción de todas las acciones?

Voy a una manifestación y ocurren hechos violentos. ¿Soy responsable? La responsabilidad debe ser claramente objetiva: paso con mi aerosol y pinto un mensaje en una fachada histórica. Daño en propiedad ajena, más los delitos que se acumulen. Pero no me pueden asignar responsabilidad sobre los hechos concretos a partir de un acto subjetivo: iba en la misma manifestación. La simpatía por una causa no me hace responsable de lo que hagan los demás simpatizantes de la causa.

Sí hay una relación distinta en otras sociedades con las manifestaciones, y es muy probable que esta relación esté determinada por las circunstancias de cada sociedad. En el caso mexicano, la represión de los años sesenta y setenta ha marcado mucho de la historia: queremos tolerancia a la manifestación, aún cuando podamos simpatizar con los límites. Esto abre un rango enorme de opciones, desde que estén prohibidos los bloqueos  hasta que la policía sólo intervenga cuando haya un delito que perseguir.

En México son muchos líderes los que ya tienen la llave de las manifestaciones. Basta con ponerse de acuerdo con alguien y con un poco de dinero y una supuesta causa, tenemos 10 mil personas en la calle. Puedo asaltar un banco y organizar una manifestación al mismo tiempo que asegure mi huida. Esto realmente es posible, pero ¿es motivo suficiente para limitar el derecho de manifestación?

La intervención de la policía federal previo al Grito de este año (2013) ofrece un escenario impecable para demostrar el relativismo que hay para limitar la manifestación: 1. La causa fue el Grito y el Desfile, 2. Arrasaron por igual con manifestantes en el arroyo vehicular que en la banqueta o en la plancha de concreto, 3. No tuvieron la misma actitud con los bloqueos al Aeropuerto o al Periférico, 4. La autoridad educativa se negó a recibir a los manifestantes por semanas alegando que sólo el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación es interlocutor.

Esta argumentación dio pie justo a la postura racista de “Limpiaron el Zócalo” llegando al extremo que bien cuestionó Jesús Robles Maloof: el higienismo. Se carga a los (presuntos) maestros no sólo lo relativo a sus manifestaciones, sino además hay una carga peyorativa derivada de la falta de higiene. Los adjetivos no tendrían por qué modificar el carácter de la manifestación los Manifestantes __________ (mugrosos, priístas, judíos, sinaloenses, prietos, faltistas, incultos, indígenas, etc.). El problema es que sí lo hacen.

Claro que aspiro a caminar a gusto por mi ciudad o por cualquier otro rincón público de mi país. Eso incluye banquetas amplias y cómodas, libres de automóviles o de manifestantes, donde no huela a fritanga, a orines, a cárcamo, pero si se puede huela a flores o a pino. Sin embargo, los olores malos existen en la naturaleza y entre las personas, como algo inevitable. Hay quienes dicen que el metro o el metrobús huele mal, yo que los uso con regularidad me encuentro con que sólo de vez en cuando hay personas en concreto que huelen mal.

Hay una carga grande de prejuicios, y creo que todos los tenemos. No es fácil disociarse de ellos. Hace unos años visité a una amiga en Bélgica. Al abordar un tren escogí un asiento junto a un “negro”. Ella me pidió que nos cambiáramos de lugar y pretextó, en secreto, que el hedor de los negros le daba dolor de cabeza. No pude soportar ese nivel de racismo y terminó la amistad.

A lo que aspiro es a que nuestro “sistema de libertades” sea lo más objetivo posible, que defina las reglas de manera objetiva y general, y que considere todas las circunstancias en las que podamos estar involucrados, lo cual no limita la manifestación a lo político.

Paseo de la Reforma se ha cerrado para procesiones religiosas, eventos deportivos, el desfile anual LGBTTTI, festivales culturales y hasta para montar un árbol de navidad. La relación entre el cierre y las posibilidades del cierre tendría que ser la misma en todos los casos. En la última celebración de la Feria de las Cuturas no se podía caminar ya por los camellones de Paseo de la Reforma, me preguntaba ¿Por qué no cierran los carriles centrales para esta feria? y alguien me dijo ¿Por qué no la mueven a otro lugar? Las dos preguntas me resultan pertinentes.

En la campaña para Jefe de Gobierno de 2012 no pude lidiar con la afirmación de la señora Isabel Miranda, Las calles son para los coches. A partir de entonces dejé de referirme a ella con respeto.

Mi relación con las manifestaciones ha cambiado mucho desde que decidí no usar el automóvil todos los días. Esto me ha hecho concluir que en buena medida el rechazo a los bloqueos está definido desde el volante de un automóvil. Un día, sin embargo, a menos de dos kilómetros de llegar a casa en un autobús urbano, me topé con un bloqueo vecinal por la falta de luz en su colonia. Tuve que caminar más de lo normal y estaba molesto. Es allí donde la CNTE pisó en terreno falso: no sólo tocó a los automovilistas, sino que afectó a los usuarios del transporte público y se generó enemigos en todas las clases sociales.

¿Cómo conciliar el plantón con los derechos de tercero, sin el sesgo del automovilista? Hace un año tal vez, o quizá más, Antonio Marvel escribió un extraordinario texto sobre las manifestaciones. Invitaba a verlas con otros ojos, a no imponerles una carga de prejuicios precisamente. Me gustó mucho su artículo, y me ayudó a cambiar mi perspectiva.

Me he preguntado si podemos definir algo básico sobre el libre tránsito y los derechos de terceros durante las manifestaciones: No impedir el libre paso de las personas (aceptando la interrupción al paso de sus vehículos) y No suspender la prestación de un servicio público. La postura puede cooperar a un bienestar superior de la sociedad (el automovilista se baja de su coche y se iguala a los demás al subirse al transporte público), pero no deja de ser una postura parcial y relativa a la movilidad.

Una tienda de campaña frente a un hotel o un comercio afecta las ventas. Un gran plantón puede arruinar a muchos inversionistas o a muchas familias. También lo puede hacer una obra pública. El primer caso no compensa a los afectados, el segundo empieza a hacerlo pero de una manera muy limitada.

En algún momento de mi vida (la era PAN) pude simpatizar con la regulación al derecho de manifestación. También tengo claro que hay un problema importante en la Ciudad de México: desde que elige a sus gobernantes ha sido gobernada por la izquierda, que es particularmente usuaria del derecho de manifestación, llegando hasta el extremo de bloquear por semanas Paseo de la Reforma so pretexto de un fraude electoral que, independientemente de si ocurrió o no, es una acción que rechaza la institucionalidad democrática del país.

El plantón de Reforma es justo si consideras a las instituciones electorales como injustas. La injusticia del plantón comienza cuando crees en las instituciones. Esto me dice que en la medida que somos una democracia con instituciones, el derecho de manifestación política no tendría por qué ejercerse: si se va la luz me la reinstalan en pocos minutos, si no tengo agua hay mecanismos institucionales para que esto se corrija, si me corren tengo las instancias legales para que haya justicia.

La democracia mexicana tendría que estar acompañada de estos mecanismos institucionales. A falta de ellos, las manifestaciones que se salen de lo institucional empiezan a tener razón. No abucheo al presidente de a gratis, sino porque es el único mecanismo que existe para que el presidente reciba críticas, por ejemplo (¿No ha sido un clamor desde 1988 que el presidente escuche las posturas de los legisladores de oposición durante su informe?).

La intervención de la policía en el Zócalo, previo al 15 de septiembre marca un hito y podría ser el empoderamiento de un nuevo estado mexicano. Estaba más que justificada si considerábamos los hechos como acumulados (maestros que no van a trabajar se dedican a afectar lo más posible a los capitalinos para lograr parar una legislación educativa que los evaluará, Uy, qué horror). Como hecho concreto, la intervención se da porque tenían un plantón en el Zócalo justo antes de la tradicional ceremonia del Grito.

El presidente siempre tiene la posibilidad de irse a Dolores para esta fiesta, pero Enrique Peña Nieto quiso aprovechar y aprovechó que era su primer grito y no podía mostrarse débil. Al contrario. Le funcionó bien. El parteaguas está en que a partir de ahora el estado podría comenzar a marcar ciertos límites en el derecho de manifestación (por ejemplo, actuar de inmediato frente a bloqueos a carreteras federales). A favor está el hecho de que la operación fue (casi) impecable.

No está mal el empoderamiento del estado, pero no deja de estar presente la subjetividad en su acción. Lo que está mal es que el empoderado sea un grupo político distinto a aquel con el que simpatizo. Ahí sí tengamos cuidado. El DF ha avanzado mucho en cultura democrática. La mayoría de los estados son un desastre. No sólo la policía interviene de inmediato, sino que no existe una sociedad civil organizada que posicione agendas, sino que siguen expuestos a las genialidades (y corruptelas) de los gobernantes en turno.

La intervención del 13 de septiembre de 2013 me parece un momento quintaesencial del estado mexicano. Nos asumimos con una democracia con los que están dentro. El que se quedó afuera, qué pena. El tren arranca. Así funcionan la mayoría de las democracias en el mundo. Si un grupo quiere ser antisistema está en su derecho, pero tendrá sus límites.

Lo que quiero decir con todo esto es tanto cínico como obsesivo: en algún punto todo estado tiene una dosis de autoritario y eso es lo que lo hace funcionar. No operar así nos puede lleva a la inacción plena, pero esta dosis autoritaria nos fuerza a la subjetividad que vimos detrás de la preservación de la tradición del Grito en el Zócalo: libero por una gran tradición y no por un mandato legal; quito a los que están en el arroyo y en las zonas peatonales, los que están con carpas o sin ellas. No juzgo, arraso.

Si estas intervenciones son límpias (sin sangre) y no incluyen detenciones arbitrarias (en eso aún estamos lejos) me parece (subjetividad otra vez) que no es tan grave si el estado asume que se trata de un acto fundacional que lo empodera para la construcción de un mejor país. No es esa la ruta que llevamos y eso es lo preocupante, empoderamos un estado sólo para que una minoría disfrute del poder. Entonces no se puede.

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