Bienvenido Hitler

La primera vez que tramité mi visa para entrar a Estados Unidos como adulto fue en 1995. Entre los comprobantes que presenté estaban mis recibos laborales de Petróleos Mexicanos. El cónsul que me atendió me preguntó:

¿Ya nos van a vender Pemex?

La broma me cayó como pandorga. El tipo estaba abusando de su poder. El Tratado de Libre Comercio ya existía y fue un parteaguas. La conducta del cónsul representaba bien a los Estados Unidos que invadieron Panamá, Granada, Guatemala, y que en general tiraban o encumbraban gobiernos latinoamericanos.

En mi apreciación personal, los mexicanos solíamos simpatizar con la expresión “imperialismo yanqui” hasta antes del Tratado de Libre Comercio. La sensación de ser “los vencidos” se fue diluyendo. En el radicalismo de izquierda, incluso, “el enemigo” dejó de ser el Tío Sam y se volvieron las oligarquías nacionales.

Mis entradas a Estados Unidos se han vuelto cada vez más amables y sencillas. Mi tercer trámite de visa fue expedito, no tuve que mostrar comprobantes económicos, sólo me tomaron fotografías y huellas después de haber capturado desde casa todos mis datos (algo que la Secretaría de Relaciones Exteriores es incapaz de hacer en el trámite del Pasaporte Mexicano).

Percibo que nuestra cercanía a los Estados Unidos es hoy mucho más cercana al concepto de “vecindad” que al de “imperalismo”. Todos tenemos familia y los Estados Unidos forman parte de nuestro entorno. Yo tengo dos primos hermanos nacidos allá. Mi tía tiene doble nacionalidad. Si necesito hablar español siempre encuentro con quién. Somos cercanos.

Anoche en la televisión veía a un latino presumir que había votado por Trump, que estaba casado con una mexicana que había emigrado legalmente a los Estados Unidos y que todos deberían hacerlo así. Su defensa de la legalidad para la migración me hizo pensar en la Trump Tower de Chicago: las letras T R U M P se imponen en el paisaje con dimensiones descomunales (unos 10 metros de altura) que opacan la belleza del edificio.

Donald Trump lleva su propia legalidad. Prepotente legalidad. Prepotente ética. Prepotente triunfo. La palabra “trump” significa justamente eso. Siempre pienso en la posibilidad que alguien con quien no estoy de acuerdo tenga la razón. El latino de la televisión podría tenerla, Trump podría no haber “discriminado” a los mexicano-americanos sino sólo exigido legalidad. La hipótesis negativa se derrumba de inmediato. Trump no sólo odia a los mexicano–americanos, sólo acepta a los caucásicos, y dentro de éstos, a los esbeltos y guapos. Su propia y privada raza cósmica.

Trump sí es un peligro para la humanidad. Sí hay riesgo de un mal uso de los códigos nucleares (“el tipo que se enoja con un tuit no puede tener a su alcance los códigos nucleares”). Estados Unidos es un país de instituciones, pero se dobla muy fácil ante las manipulaciones. George Bush el Imbécil, por ejemplo, logró reelegirse con un discurso polarizante que manipuló al electorado; había probado su incapacidad los primeros cuatro años, pero el discurso de guerra le permitió reelegirse. Trump hará lo mismo y los mexicanos seremos el enemigo como lo fuimos esta campaña.

Hay riesgo de guerra. El inicio de la historia es el muro. México no pagará el muro, aunque nuestro pusilánime presidente tenga otra idea. El pretexto del muro será su discurso cada que necesite polarizar. Le funcionó anoche, lo intentará en las legislativas de 2018 y las presidenciales de 2020. Podrían ocurrir hechos que no vivimos desde 1914.

¿Exagero? Trump sabe utilizar a la gente. Para colmo tendrá al legislativo de su lado. Las manipulaciones son paso a pasito, no son abruptas. Los manipuladores tienen éxito por eso.

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¿Existe solución para los mexicanos o la humanidad? Todo es un albur, nada está escrito, pero sin duda el fundamentalismo nacionalista viene fuerte. Será salvación y perdición. No creo que en este momento podamos generar un líder fundamentalista mexicano, pero ocurrirá dentro de unos años.

El eje del nacionalismo es la identidad. Las ciudades modernas vienen construyendo la pluralidad de la identidad, cada persona es una nación. El nacionalismo unifica, fija reglas comunes sobre las que se afilian los connacionales. El nacionalismo es la antítesis de la ciudad moderna a no ser que la nación sea la ciudad misma. El nacionalismo es salvación porque unifica y es perdición porque divide a los que no caben en su nación.

Trump se parece tanto a Hitler que estoy aterrado.

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