Bolardos y cosas peores

En los últimos años la Ciudad de México se ha llenado de bolardos. No es la única. En realidad los bolardos sirven en muchas ciudades del mundo para establecer cierto orden. Claro, los bolardos se van adaptando a la realidad local, no siempre están presentes, pero algunas ciudades los usan con mucha intensidad, y algunas otras los decoran (vean las “XXX” en la imagen de Amsterdam), para reducir su impacto visual. En todas estas fotos obtuve con rapidez la imagen de un bolardo una vez que decidí “visitar” Madrid, Milán, Londres y Amsterdam en Google Maps (ojo, también es frecuente la reducción de radios de giro y la extensión de las banquetas para generar “orejas” en las esquinas).

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En el caso de la Ciudad de México, en realidad, han existido desde hace décadas sin que nos demos cuenta, pero son esos tubos que algún vecino ha puesto frente a su propiedad para evitar que le estacionen autos o hagan maniobras sobre la banqueta.

Claro, esos primeros bolardos fueron una simple tubería, a veces pintada de amarillo, a veces ni siquiera, con alturas que nos permitían jugar a pasar los bolardos por entre las piernas ¿alguien no lo ha intentado?

En la evolución de los bolardos, de pronto nos llenamos de unos bolardos bajitos que muchas veces provocan tropezones mayores, porque si no lo ves tu velocidad de caída es alta en ocasiones sin posibilidad de meter las manos:

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En el caso de Masaryk, se cometió el error de utilizar el mismo material del piso para hacer los bolardos, de tal suerte que es sumamente fácil perderlos de vista y caer. Peor aún cuando la ubicación de los bolardos es inesperada: bahías y entradas de auto.

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Como los radios de giro de las bocacalles de Masaryk se redujeron y los bolardos no eran muy visibles, fue necesaria la sustitución de los bolardos de las esquinas para lograr una mejor seguridad (es decir, que se vieran).

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Doy unos pasos para atrás: ¿Qué son y para qué sirven los bolardos? son delimitadores de áreas en el espacio público y sirven justo para evitar la invasión de los autos a las áreas peatonales o ciclistas. Generalmente se colocan cuando el nivel de áreas vehiculares y peatonales se empata (algo que no sucedió en Masaryk). Hay distintas especificaciones, no sólo por la evolución del bolardo mismo sino por la función que tienen. También se le designa con otros nombres: ito, picoba, entre otros … o simplemente “palito”.

No siempre los bolardos están pensados para ser permanentes. La historia de las ciclovías en la Ciudad de México es reciente, y los separadores de las ciclovías también han tenido una rápida evolución:

Desde la “quesadilla”, cuyas piezas tuvieron un rápido desgaste:

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Hasta la pieza que parece ser la que dominará las siguientes ciclovías:

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Pasando por dos modelos intermedios, en negro y en verde:

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Menciono esto justo por el verde: cuando se instaló en la ciclovía de Gandhi, y la de Chapultepec – Fray Servando, incluía un “ito”, es decir, un bolardo, también en verde, que algunos microbuseros se dedicaron a “rasurar”: pasaban encima de ellos para irlos quebrando … y lo lograron. Lo que no sabían es que no importaba: su única función era facilitar la visibilidad del elemento de confinamiento, así que una vez acostumbrada la población a éste, el bolardo podía irse.

En el caso de los bolardos fijos pasa algo similar. El bolardo evita que los autos invadan zonas peatonales, pero cuando un auto golpea un bolardo y éste cae, ha cumplido su función. El problema, sin duda, es reponerlo pronto, tanto por el impacto visual que significa verlo tirado, ausente o retorcido, como por el riesgo de invasión al área peatonal. De hecho, son relativamente baratos, muchas veces por debajo de los mil pesos, salvo que tengan alguna característica especial (retráctiles cuestan decenas de miles, por ejemplo).

Hay quien dice que los bolardos se ven horribles. Yo no tengo la misma perspectiva visual. En espacios patrimoniales son los autos los que me parece se ven horribles. Por ejemplo, la Parroquia del Inmaculado Corazón de María, un templo modernista en la Colonia del Valle, donde los bolardos evitarían tal invasión de vehículos y se verían si no mejor, sí “menos peor”:

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O casi cualquier iglesia colonial en México. En la imagen, Santa Catarina, en Coyoacán. Yo recomendaría quitar los autos estacionados del lado izquierdo, ampliar la banqueta y colocar bolardos en los puntos en que áreas peatonales y vehiculares estén al mismo nivel (si igualamos el nivel de la calle, entonces a todo lo largo; si sólo igualamos las esquinas, entonces allí).

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Estamos demasiado acostumbrados a ver autos estorbándonos la vista de la ciudad. Por ello, cuando un proyecto pone orden, lo que salta a la vista son los bolardos, más aún cuando lo que se hace es volver a delimitar áreas viales, como sucedió con “los palitos” de los pasos seguros, cuya funcionalidad ha sido mal comunicada, amén de que en algunos casos han ocasionado congestionamiento:

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En el caso del paso seguro de la foto (Marina Nacional con Mariano Escobedo), los palitos están dando pausa a los peatones que cruzan en ese punto, aprovechando que el tercer carril viene ocupado por los vehículos que dan vuelta a la izquierda. Es decir, si los autos se acomodan para seguir derecho en los dos primeros carriles y los que dan vuelta usan el tercero, no tendría por qué generar tráfico. Claro que hay hábitos de manejo locales: por ejemplo, el vehículo negro que está subido en la banqueta quita capacidad al primer carril (y quita comodidad al área peatonal).

¿Podremos librarnos de los bolardos en el futuro? Mientras la política de tránsito siga orientada a “dar vialidad”, es decir, a agilizar el movimiento vehicular, esto será difícil. Sin embargo, si optamos por una política sistemática de sanción a conductores que invadan áreas peatonales, es probable que en algunos puntos empecemos a obviar la presencia de bolardos.

En el caso de los proyectos de la Autoridad del Espacio Público estamos haciendo una reflexión, derivada de múltiples opiniones recibidas, incluido Rafael Pérez Gay en un artículo reciente: como decía, los bolardos los ponemos donde el nivel de circulación vehicular empata con el de circulación peatonal. Estoy pidiendo que no hagamos esto en automático, que no pongamos los bolardos en todos los casos, sino sólo en aquellos en los que exista riesgo de invasión del automóvil al área peatonal.

Insisto, se trata de un mueble urbano necesario, pero del que no hemos sabido comunicar adecuadamente su funcionalidad. Ojalá en el futuro las “calles compartidas” (que para muchos son el paraíso urbano) carezcan de bolardos, en vez de que éstos se vuelvan parte del paisaje urbano, como por ejemplo en 16 de Septiembre:

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Japón lo ha logrado muy bien. Sus calles compartidas son (casi) libres de bolardos, porque hay un alto respeto de los espacios y las personas.

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Sin embargo, y mientras tanto, los bolardos se seguirán apoderando del espacio urbano: salvan vidas y mejoran la convivencia auto – peatón.

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