Mis 200 años de la bicicleta

No recuerdo cuándo empecé a pedalear pero fue entre los ocho y los diez años. Nunca fui un extraordinario niño motriz. Mi prima Silvia usaba una bicicleta igual a la mía pero a veces con los patines puestos; la de ella azul, la de mi primo Edgardo y la mía, rojas. El día que lo intenté me caí y quedé tirado en el piso hasta que llegó mi tío. Solíamos dar vueltas a la manzana, la de casa de mis abuelos o la de mi casa. A veces nos íbamos un poco más lejos. Un día mi bicicleta dejó de ser mía y no volví a pedalear tal vez por más de 15 años.

Hacia 2001 o 2002, tal vez, compré una bicicleta en la Comercial Mexicana. La llevé a ajustar (lo que se pudo) y empecé a pedalear otra vez. La relación de velocidad y desplazamiento me era absolutamente diferente. Esta recuperación de la bicicleta, pero ahora recorriendo calles y avenidas me gustó … pero no tenía técnica. Seguro que más de una vez puse en riesgo mi vida.

Comencé a recorrer el distrito 24 local, por el que competí un año más tarde. Calle por calle, debo haber recorrido el 90% de las calles por lo menos. Solo. Sin tomar notas. Quedándome con la imagen de la traza urbana, las particularidades de cada barrio, e incluso de cada callejón. En alguno un perro mordió mi pie y me siguió con la cabeza rotando sobre mi pie atrapado mientras intentaba huir. Había invadido su espacio.

En el otoño de 2002 estuve en los Países Bajos y en Bélgica. Renté bicicleta en Leiden y en Brujas. Para mi sorpresa las bicicletas eran demasiado altas, me estresaba no tocar el piso. Un día intenté subir el Cerro de la Estrella en bicicleta y no pude, alguien me dijo, sube el asiento. El tipo de bicicleta que tenía no era para mí. Al final de mi campaña para diputado regalé la bicicleta a uno de los brigadistas. Más tarde compré alguna otra por el estilo, baja, sin grandes posibilidades en la ciudad.

En 2010 me compré una bicicleta Turbo de unas 24 velocidades. Era buena. Seguía sin saber andar en bicicleta urbana. Era atravancado, era un riesgo. Como muchas cosas que he hecho en la vida, el autoaprendizaje ha dominado. Así que cuando entré a trabajar a ITDP mi conducción era notoriamente mala. La compañía de colaboradores que ya dominaban la bicicleta urbana subió mi nivel; sin embargo, vivía a 15 kilómetros del trabajo, así que no era muy atractivo un viaje diario en las dos direcciones.

Cuando empecé a salir con Angélica, ella tenía una bicicleta igualita. Ambas terminaron robadas en las escaleras de su departamento. Para entonces ya había comprado una Brompton, por mucho la mejor de las plegables. La sigo teniendo. Verde. Es magnífica, aunque para grandes distancias no me acomoda tanto. En principio la pensé para coexistir con el transporte, conforme te acostumbras a la bicicleta te preguntas ¿para qué la desarmo, entro al metro o al metrobús, y luego la cargo? Así que los trayectos se empiezan a agrandar y te apoyas en otra bicicleta.

En 2013 compré una Specialized negra. Magnífica. La dejé sin candado en el edificio donde vivo y un buen día desapareció. Compré también una Benotto muy sencilla para dejar encadenada en estaciones del metro. En una ocasión la olvidé una semana y allí seguía, fuera de una estación de la Línea 12. Ahora la convertí en una bicicleta de velocidades, mejoré sus frenos y en ella estoy remolcando a mis hijos de vez en cuando (me sugirieron no montar el remolque en la Brompton, pero me encantaba cómo se veía).

Desde que abrió Ecobici en 2010 soy suscriptor. Debo ya haber recorrido algunos cientos o miles de kilómetros en Ecobici. Son pesadas, no son para grandes distancias pero de vez en cuando hago trayectos de unos diez kilómetros. Soy más feliz desde que tengo una estación a 80 pasos de la entrada de mi edificio.

Nunca he sido el gran ciclista. Recién he elevado mi velocidad promedio en ciudad a 16.5–17 kilómetros por hora. He participado en dos carreras Brompton, quedando más cerca del último que del puntero. Los fines de semana hago grandes trayectos, pero debo compartir las responsabilidades del cuidado de mis niños (unos pequeños traviesos, aún) así que no he logrado elevar mi resistencia los niveles que quisiera. Mi récord es haber ido a Milpa Alta y regresado recorriendo distintas zonas del sur de la ciudad, 75 kilómetros de desplazamiento y ascensos acumulados por 500 metros de altura. Esto lo hice en la Giant que tengo desde hace un par de años, regalo familiar por mis 44 años. Pronto espero ir a las Pirámides y algún día llegar a Acapulco.

He participado en rodadas pero no tantas veces, alguna hasta Mixquic en día de muertos. Cuando viajo en camión a otra ciudad suelo llevar la bicicleta y moverme en la Brompton.

He sido autodidacta hasta cierto punto, como decía, pero también he aprendido del movimiento ciclista. Es hoy una hermandad (o muchas hermandades), son grandes promotores, cada uno en su tierra, en su nicho. Hay grupos muy familiares, hay quienes hacen rodadas larguísimas y otros cortas, hay grupos de mujeres exclusivamente, me da gusto encontrarlos por algún lado de la ciudad en la noche.

Son ellos y ellas, los grupos ciclistas que se han formado en las últimas décadas en todas las ciudades de México los que han abierto camino a la bicicleta urbana, son ellos y ellas los que han hecho visible la oportunidad de transformar nuestras ciudades a partir de la movilidad no motorizada, son ellos y ellas los que han contagiado entusiasmo a otros para ahora, de vez en cuando, tener rodadas de miles y miles de personas.

México es la Sede del Foro Mundial de la Bicicleta, inaugurada el Día Mundial de la Bicicleta a los 200 años de su invención. Esto es simbólico y merece el reconocimiento de quienes han participado por tantos años (hace unas horas, en la inauguración, se homenajeó a los veteranos de la bicicleta en México) y de quienes han dedicado meses a la preparación del FMB6. Ciudades hechas a mano, por gente dedicada con amor por la ciudad.

Me gustaría ser parte de algún grupo ciclista, pero un poco por mi personalidad no lo he sido. Siempre me ha sido más fácil organizar mis recorridos solo, peinar por completo las calles de una colonia o irme a visitar algo en especial. Pero en todo caso, creo que la bicicleta y yo conviviremos muchos años más, y me ayudará a mantenerme sano. Espero seguir pedaleando cuando menos hasta los 250 años de la bicicleta y sueño con hacer finalmente estos recorridos con mis hijos, quiero compartir con ellos estas derivas urbanas.

Para mi estos 200 años de la bicicleta se pueden resumir en una sola palabra. Libertad.

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