Migraciones

El 29 de diciembre de 2006 crucé el Río Hondo que divide a Quintana Roo de Belice. Era de noche, simplemente crucé el puente fronterizo y me hallaba en un estacionamiento con un casino. No hubo ningún control de salida de México, tampoco uno de llegada a Belice. Lucía como un territorio absolutamente libre.

El casino contaba con hotel, en el que me hospedé, luego de perder algunos pesos mexicanos (no muchos, realmente soy bastante controlado frente a las máquinas). No hubo necesidad de adquirir dólares de Belice. Insisto, seguía la sensación de estar en un territorio libre.

Al día siguiente, muy temprano, encontré la verdadera frontera, a un kilómetro del puente: un puesto de control revisó mi pasaporte, marcó dos sellos de entrada, uno por mí y el otro por mi vehículo, del cual me advirtieron debía comprar un seguro. Al salir de allí, en línea recta, di con una casa donde me vendieron el seguro y a los pocos metros de adquirirlo, había un retén para comprobar que contara con él. Allí terminaron los controles, estaba en un país pobre pero ordenado, llegué a Corozal y comí los tacos de cochinita pibil más deliciosos que he probado en la vida. Me atendieron en español.

Conforme me adentré en territorio de Belice el español se fue diluyendo y sólo escuché inglés, con un acento caribeño, siempre difícil de entender. De regreso de la Ciudad de Belice a México pasé a una zona arqueológica. Se veía distinta, el pasto parecía campo de golf, los criterios del Instituto Nacional de Antropología e Historia desaparecieron. Al salir, un chico me pidió aventón a la carretera principal, más adelante otra persona hizo lo mismo, luego una más. Me convertí en conductor de un transporte colectivo, pero lo más curioso eran los idiomas a bordo: inglés, español y maya.

Cuando llegué al puesto fronterizo, un guardia canceló los dos sellos sobre mi pasaporte. Había probado mi salida y la de mi camioneta. Me encontraba en la zona libre: un gran tianguis llamado “Duty Free”, con ropa de marca de dudosa procedencia, alcohol y perfumes a muy buen precio, y productos electrónicos. Mis compras se centraron en los licores, todavía me queda una botella, de hecho.

Cuando crucé la frontera me preocupé por el semáforo fiscal, considerando que mis compras habían excedido la franquicia de dos botellas. En el puente se encendió una luz roja, como se encendió a los demás viajeros … pero no había nadie que hiciera revisiones, ni migratorias ni aduanales, al menos en el paso de una pequeña localidad llamada “Subteniente López”, único puerto fronterizo entre ambos países.

En otras ocasiones he cruzado la frontera con Estados Unidos en los puestos de Otay, Sonoita, Nuevo Laredo, Reynosa y Ciudad Alemán. Nadie comprueba que tenga derecho a pasar, ni a mí como mexicano ni a los visitantes. Cuando fui manejando hasta Tijuana, en diciembre de 2004, tuve la oportunidad de conducir en paralelo a la frontera. La imagen de los migrantes a punto de entrar al desierto estruja el alma, toda su vida en una mochila ligera, sin la certeza de sobrevivir después de cruzar un alambre de púas o el desierto.

Como en mi época de soltero mis viajes largos eran en fin de año, puedo citar otra anécdota. Fui a Chiapas en diciembre de 2003, pasé la noche del 30 de diciembre en Tziscao, junto a las Lagunas de Montebello. Ya hospedado en la zona salí a caminar por el Lago Internacional, un lago cuya característica principal es que lo atraviesa un cable con boyas rojas que marcan el límite entre Guatemala y México. Por unos minutos estuve en Guatemala, conviviendo con lugareños que lo único que pudieron venderme fueron monedas locales por encima del precio del Quetzal. Al igual que en Belice, y en un hecho que se repitió muchos fines de año en mi vida de soltero, di aventón a una lugareña hasta la carretera principal, una guatemalteca que vendía del lado mexicano.

Tengo pendiente manejar hasta Guatemala, sólo fui una vez en 1994, pero en avión. Sin embargo, las imágenes que conozco muestran una frontera igual de frágil que las que he descrito. Es decir, la frontera mexicana no existe. Lo mismo podría decir de una travesía por el Usumacinta, desde Frontera Corozal a Yaxchilán, que también pudo haberme llevado a o desde localidades guatemaltecas.

En mi tesis de licenciatura abordé el tema del nacionalismo, y es un tema que me ha acompañado por años. Tengo un criterio bastante formado al respecto: global y local.

En mis años de adulto he presenciado distintas migraciones a México. Después de la caída del Muro de Berlín, hubo migraciones de Europa del Este. Luego vinieron las crisis de Argentina y Brasil, y con ellas su clase media; posteriormente, la crisis española; recién se percibe más llegada de venezolanos a México.

En 2009 llegó Angélica a México, mi compañera, la madre de mis tres hijos, colombiana. En estos años mi convivencia con la comunidad de su país se ha incrementado. En 2007 que viajé por primera vez a Colombia sólo había dos o tres vuelos directos entre México y Bogotá, ahora hay una decena.

En mi vida profesional constantemente convivo con extranjeros, particularmente personas que han migrado a nuestro país, la mayoría de ellos en forma legal, pero sí uno que otro que se ha quedado tras entrar como turistas.

La Caravana Migratoria encuentra un eco tal vez inédito en las migraciones internacionales. México ha recibido una oleada de extranjeros que han influido en las discusiones locales. Los vemos en tuiter, en facebook, en blogs, en los debates comunitarios. Como ocurrió con la migración española de los años 30, las migraciones han nutrido las discusiones nacionales. Instituciones como El Colegio de México, son herederas del Exilio Español. Basta ver el directorio de cualquier centro de investigación científica de México, y destacarán los apellidos poco comunes en México.

Voy a entrecomillar los adjetivos para que claramente se entienda que no simpatizo con ellos: en 2018 entra una caravana migrante, centroamericana pero con mayoría hondureña, y el presidente de Estados Unidos amenaza con enviar tropas a la frontera o cerrarla si no se detiene la caravana. Entonces surge una cascada de comentarios respecto a la llegada de “maras” y “delincuentes” a nuestro país, pero también un escudo en redes que protege a los migrantes, donde podrían estar los inmigrados hablando de su experiencia en México, los hijos de personas inmigradas, sus amistades, sus parejas.

Es allí donde tengo mis dudas, no es un rechazo absoluto, no es una posición libre de discriminaciones pero no es racista. Las fronteras son artificiales y ojalá vivamos en el futuro en un mundo libre de fronteras. Europa terminó con sus fronteras internas y le ha funcionado. No es fácil. México carece de puestos fronterizos, mas no de política fronteriza: somos la primera aduana de Estados Unidos, negamos visas a los árabes y en ocasiones reconocemos la Visa Americana para entrar a México, lo cual es poco soberano.

La caravana migrante tiene décadas de repetirse pero es tema desde que Trump es presidente y a la vez podría estar vinculada a la política hondureña (véase La crisis de los migrantes). La Bestia y sus mutilados son tema desde hace varios años: México es el camino hacia el Sueño Americano. En medio de fronteras frágiles, México había sido tolerante de las caravanas porque su destino no era México.

Ante una amenaza surgen dos posiciones casi oficiales: la del Presidente Peña, de enviar Policía Federal a la frontera obedeciendo a Donald Trump (si uno escucha el mensaje del presidente suena perfectamente lógico: policía defendiendo la frontera apegada a protocolos de derechos humanos, facilidad para hacer trámites en el consulado de México en Guatemala, defensa del territorio nacional); y la del presidente electo, López Obrador, anticipando visas de trabajo para que ayuden a construir el Tren Maya (hay que destacar que si tienen empleo en México ya no van a Estados Unidos y esta posición también sirve a Trump).

Las migraciones de Sudamérica y España en los últimos años han sido de profesionistas. La migración centroamericana no, ésta parece concentrarse ya sea en el sector informal o en el agrícola. Es decir, de Sudamérica y España migran profesionistas, clase media … que coincidentemente tienen la piel blanca (porque en sus países, como el nuestro, las personas de piel clara suelen tener más oportunidades que los morenos). La migración centroamericana es de la población más pobre, normalmente con baja escolaridad y sí, de piel morena.

México no ha sido amable con la migración ilegal, la estación migratoria de Iztapalapa fue testigo de abusos a migrantes, pero muy probablemente México también ha sido generoso para muchos otros. A veces escuchamos opiniones chovinistas, por ejemplo, el rechazo a mexicanos nacionalizados en la Selección Mexicana o cuando un extranjero piensa distinto que nosotros en un tema político: “Que le apliquen el 33”.

La frontera es de México y por décadas ha tenido reglas, a pesar de su fragilidad física. En los años setenta también hubo migraciones de quienes huyeron de las dictaduras latinoamericanas, y llegó gente brillante con gran riqueza intelectual, algunos fueron mis maestros. Con la guerrilla guatemalteca hubo miles de refugiados en México.

Los hondureños huyen de su país en las peores condiciones, huyen de la violencia y la falta de oportunidades. ¿Tienen derecho a un trato humanitario? Sí. ¿Tienen derecho al asilo político? Sí. ¿Tienen derecho a un visado laboral en automático? No, o no aún, esa es una decisión soberana que no tendría por qué ser parte de la retórica de un carismático líder a punto de convertirse en presidente de México. Debe ser parte de una discusión interna, así como esperaríamos lo fuera la “whole enchilada”. La política migratoria tiene consecuencias, cualquiera que sea, y por lo tanto hay que escuchar pros y contras. No son las 3 mil personas que van en la caravana sino las decenas de miles de personas que podrían migrar de Centroamérica a México en un breve periodo de tiempo.

Una migración ideal supone aportes en las dos direcciones. Es un ganar – ganar, porque los que migran encuentran una tierra de oportunidades, o de paz, respeto que contrasta del ambiente del que huyen. Sí, las migraciones de profesionistas con facilidad aportan mucho, pero estas son las migraciones posteriores a la Segunda Guerra Mundial; las migraciones anteriores simplemente eran de personas con ambientes culturales similares a los de la clase media mexicana (la de entonces), desconozco el ambiente en el que llegaron pero tal vez su extranjería terminó funcionando como glamour, así hayan llegado “con una mano delante y otra detrás”: tenían capacidad para integrarse a oficios locales a partir de su experiencia en tierras de origen.

¿En qué van a trabajar los migrantes hondureños? La propuesta de que participen en el Tren Maya me deja cierto optimismo: en México hubo un proceso de colonización derivado de la construcción del ferrocarril durante el porfiriato. Eso significa que los migrantes podrían colonizar zonas aledañas al Tren Maya, eso implica crear sus propios oficios, sus localidades. Conlleva riesgos inherentes a la propiedad de la tierra y al medio ambiente, pero al final de cuentas los hábitos de estos migrantes logran un aporte cultural. Tres mil bienvenidos … ¿10 mil, 20 mil, 50 mil, 200 mil?

Mi postura es de defensa del territorio. Es nuestro territorio, es el interés nacional. Sé que desde el punto de vista humanitario es más relevante que quienes están en la caravana encuentren oportunidades, paz, atención médica. Sin embargo, desde otra postura, la defensa de la soberanía, del territorio, si alguien intenta entrar por la fuerza a un territorio, el Estado que lo defiende cuenta con ese monopolio legítimo de la violencia. El Estado Mexicano estaría renunciando a la defensa del territorio, frente a personas, cualquiera que sea su realidad, que han entrado “violentamente” a México.

Puede ser que estemos presenciando un cambio radical en el manejo de fronteras, puede ser que por el Suchiate empiece el sueño de un mundo sin fronteras, pero hoy la realidad jurídica es que el territorio debe ser defendido, como hace España en Ceuta y Melilla, donde se han dado migraciones masivas y furtivas desde Marruecos. Estoy abierto a la discusión de nuevas formas de relacionarnos con la migración desde Centroamérica u otras partes del mundo, y por supuesto al cumplimiento de tratados de los que México es parte, pero no renunciemos en automático a la defensa territorial sin una reflexión.

Hemos sido suficientemente frágiles en el manejo de las fronteras como para que además lo convirtamos en política de estado. También creo que hay que poner sobre la mesa un tratado migratorio con Centroamérica: identifiquemos que está sucediendo ya en la migración desde el sur y démosle forma, y también límites, como debería suceder en el caso de la migración de México hacia Estados Unidos.

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