Entendámonos

Por ahí leí “por qué legislar lo que sucede bajo las sábanas” y me quedé pensando. ¿Bajo la sábanas? ¿No será que no nos estamos entendiendo?
1. El tema del matrimonio igualitario no es un tema sexual (bajo las sábanas), sino va más allá. La exuberancia de algunas manifestaciones (por ejemplo, la marcha del orgullo gay es un carnaval) no significa que sean las únicas formas de expresión LGBT posibles, si bien no son peyorativas.
2. El derecho de manifestación existe aún para la discusión de los derechos (el “status” de derecho lo da el que reclama un derecho, mas no el que pierde lo que quiere conservar, en este caso la idea tradicional de familia); es decir, a pesar de la diferencia, no puedo negar que quienes se manifestaron este sábado, a favor de su concepción de familia, ejercieron un derecho y merecen respeto. 
Nuestra sociedad viene de una construcción ideológica rancia contra las relaciones sexuales prematrimoniales, contra el sexo por placer y sin amor, contra la homosexualidad, contra el trasvestismo, contra el aborto, contra el feminismo, contra la masturbación, contra el divorcio, contra las madres solteras, contra etcétera. El catolicismo ha contribuido a esta formación ideológica, pero también la familia y los amigos, los chistes, la naturalidad con que se ha visto la discriminación a estas expresiones.
Me parece que matrimonio igualitario, incluso con adopción, llegó para quedarse y expandirse por el país paulatinamente, pero aún falta mucho camino por recorrer para replantear nuestro sistema de pensamiento. Los derechos relacionados con los distintos tipos de familia, la sexualidad o la soberanía de las mujeres sobre su cuerpo se abrirán paso de una manera cada vez más franca, pero no podemos negar que todavía existe armonía en torno al pensamiento conservador que se opone a estos derechos. Así fuimos formados muchos y algunos siguen pensando igual. Esos muros mentales no se desmoronan por decreto.
Por eso el reto es mostrar que las preferencias sexuales no son sólo “bajo las sábanas”, son afectos, son identidad, en nada afectan a terceros así no estén acostumbrados a expresiones de cariño entre personas del mismo sexo, y que justo debemos construir la tolerancia a todas las formas de expresión.
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La diferencia

Cuando era niño y sonaba el Noa Noa de Juan Gabriel en el radio, tal vez habría usado las mismas palabras con las que se armó la polémica en torno a Nicolás Alvarado. “Joto” y “naco” son despectivos que han reverberado en nuestra sociedad por décadas. Juanga, sin embargo, es la dialéctica de ambas intolerancias: trasciende a las preferencias y a los estratos sociales.

En los últimos años ha venido una revolución en los planteamientos de nuestra sociedad: el aborto, la eutanasia pasiva, el matrimonio igualitario, la adopción por parejas del mismo sexo. Los besos apasionados en la calle por parejas homosexuales nos tomaron por sorpresa, una cultura “heterocéntrica” nos había cubierto de prejuicios. Mi padre me cuestionó en la infancia mi gusto por Kiss, “esos degenerados” que declararon hace cuarenta años ser bisexuales.

De unos años a la fecha me veo obligado a cuidar cada palabra, pues recibí una educación conservadora. No soy el único. De pronto usar diminutivos para referirse a una mujer de manera despectiva puede ser considerado un acto machista, lo mismo que la mayoría de los significados del verbo chingar, la galantería no correspondida y los piropos no solicitados. Cuidado con las referencias a la raza, al sobrepeso, las raíces indígenas, las discapacidades o a las particulares formas de expresión. Ya no podemos hablar de “gente normal”, todos somos normales, aunque nos salgamos de la desviación estándar.

Hay un componente en esta historia de absoluta razón: el descuido con el que nos condujimos por mucho tiempo en referencia a la diferencia nos exige hoy la corrección en la expresión. Esto es un tanto aburrido, incluso absurdo, pero sin duda en esas expresiones cargamos buena parte de la discriminación, por eso tan relevante el esfuerzo por decir adulto–mayor, persona–con–discapacidad, persona–en–situación–de–calle … sin embargo, conozco a alguien que con bastante ligereza me acusa de “machista”, el adjetivo sobre la persona no sobre su conducta, algo que comienza a ser tan incorrecto como la conducta machista misma.

Somos una sociedad que está cambiando sus centros de poder. La recomposición de la familia, el replanteamiento de los roles en el hogar heteroparental, en el trabajo, en la escuela, en las calles. Soy politólogo y veo este cambio en los centros de poder como una lucha entre quienes pierden espacios y quienes los ganan. La resistencia de automovilistas a peatones o ciclistas que les ganan espacios es también un proceso de lucha por el poder.

Sin embargo, los gays pueden decirse jotos a sí mismos; las lesbianas, lenchas; las feministas, feminazis; lo cual sigue representando comportamientos asimétricos en la sociedad, ya que se sabe de la carga peyorativa que implica que el resto de las personas adjetivemos en la misma manera.

Yo jamás pensaría en un Nicolás Alvarado discriminando a los gays “por jotos” … pero sin duda su artículo “No me gusta ‘Juanga’” exhibe un profundo desdén a la cultura popular, producto de su cultura de élite. Su saber lo hace saberse superior, así los conocimientos puedan estar disociados de la sabiduría.

La exigencia de un lenguaje políticamente correcto logra disciplinar a los emisores de las frases políticamente correctas hacia la corrección en su mentalidad democrática.

Alguna vez intenté hacer ejercicio en el gimnasio todos los días. Fui un fracaso, pero recuerdo que alguien me decía: una vez que fortaleces tus músculos te sientes superior a todos. La dichosa palabra, el dichoso músculo, el dichoso peatón.

Al final de cuentas, el camino de nuestra sociedad es aún largo hacia las tolerancias, el respeto a la diferencia, el trato de iguales a los otrora diferentes. Nos tomará más de una generación. Reitero, sin embargo, que la construcción del lenguaje es fundamental y que al final de cuentas México enfrenta cambios en sus centros de poder.

Juanga representa una figura icónica de esta transición, porque es la síntesis de lo que somos y el salto de una sociedad intolerante hacia la sociedad a la que aspiramos o deberíamos aspirar: donde el más querido y admirado es “diferente”, nacido pobre, que en vez de centrarse en sí mismo compartió el escenario lo mismo con cantantes encumbrados que con jóvenes talentosos a los que abrió camino.