Política pública de seguridad vial

Preparé este video sobre mi perspectiva en materia de seguridad vial para el gobierno 2018-24.

Advertisements

Puentes versus túneles

El puente vehicular desune. El túnel puede unir … aunque en las bocas puede desunir.

¿La ciudad necesita infraestructura vehicular a desnivel? Depende para qué o con qué visión. Cuando estamos hablando de un paso a desnivel vienen cifras multimillonarias: difícilmente cuesta menos de 150 millones de pesos que, comparado con lo que podríamos hacer en movilidad sustentable, termina siendo una mala jugada, a no ser que tengamos una estrategia.

¿Estrategia?

El túnel de Mixcoac era el último paso a construir en el Circuito Interior, con ese se cerraba el circuito. A pesar de lo complejo, era una obra relativamente lógica … pero costó demasiado. La forma de pago, a través de un contrato por varias obras y mantenimiento en el Circuito Interior, no da un costeo preciso, pero se acerca a los 2 mil millones de pesos.

¿Debemos hacer pasos a desnivel en la ciudad? No muchas vialidades tienen el tamaño o la configuración para este tipo de obras. Circuito Interior, Periférico, San Joaquín, Zaragoza, entre otras tienen la escala para puentes, pero ya están construidos. En Aquiles Serdán faltan tal vez dos.

Es muy fácil, con el nivel de congestión que padece esta ciudad, creer que los desniveles van a resolver algo, pero corren el riesgo de incrementar la congestión. Lo vivimos con los túneles de Constituyentes. Recién terminados se acortó el camino hacia Santa Fe. Seis meses después el tráfico era insoportable. Con el segundo piso de Periférico pasó lo mismo: antes la congestión terminaba en San Jerónimo hacia el sur y a partir de que se terminaron se volvió un tormento manejar hacia Cuemanco.

Hacer túneles puede ser una buena idea si arriba solucionamos el espacio público, algo que no podríamos hacer con un puente. He pensado en muchos túneles que podríamos estudiar para ello: las transversales a Paseo de la Reforma y a Insurgentes, o incluso el encuentro de estas dos avenidas. Por ejemplo, tomar un túnel ya sea en Monterrey o en Florencia y salir justo antes del puente de Thiers y Circuito Interior. Otro posible: la diagonal que se forma en José Cuellar y Claudio Bernard, para evitar que los vehículos entren de Tlalpan a Centro Histórico, y puedan salir hacia Reforma en un túnel de tres kilómetros.

Cualquiera de estas opciones tomaría presupuesto público (de todos) para resolver problemas de los autos (el 20 o 30% más rico), pero si además integra el espacio público de la zona (de todos) empieza a tomar sentido, pero si cuesta (le cuesta al 10% más rico) beneficia a todos. El tema es que ya ningún gobernante quiere cobrar nada, entonces sólo los más ricos se benefician de ello: usamos el presupuesto de todos para satisfacer las necesidades de una minoría.

Al final de cuentas mi postura es: no hagamos más infraestructura vial si no es pagada con los recursos de los propios automovilistas y no amplía el espacio público o integra lo que una vialidad congestionada divide.

Objetividad

Es difícil ser objetivo y más en tiempos electorales. Creo estar siéndolo pero conforme leo opiniones respecto al debate del 22 de abril confirmo que los mexicanos estamos viviendo en países distintos según nuestras filiaciones o no filiaciones.

Bajo mi perspectiva, Anaya ganó el debate, lo que no significa que vaya a ganar la elección ni que se haya acercado en las encuestas de manera significativa (todavía no he visto una encuesta pos-debate). Simplemente que tundió a López Obrador, no se peleó con los otros candidatos y éstos no tuvieron un desempeño tal que los hicieran brillar más. López Obrador, como en el futbol, salió por el empate porque eso le aseguraba su posición de líder y era la estrategia correcta.

Al abrir distintos medios leo, de un lado el lamento: “todos contra AMLO”. De otro, algo que me resulta absolutamente ridículo y demerita a los medios que lo sentencian: “Meade ganó el debate”. Luego, conforme “Verificado 2018” analiza el contenido del debate, los simpatizantes de AMLO destacan a un Anaya mentiroso, lo cual también es una mentira: Anaya usó los datos a su conveniencia, tal como quienes lo acusan de mentiroso.

Ejemplo: el tema de los secuestros. Ricardo Anaya acusó “un aumento de 88% de los secuestros, por cada 100 casos en el país”. Convirtió una cifra absoluta en una relativa al desempeño nacional, de tal suerte que un dato presumiblemente bueno para la ciudad, se convierte en un dato malo. Andrés Manuel López Obrador también juega con las cifras: en los gobiernos panistas el secuestro creció tres veces, lo que estrictamente sucedió en el de Felipe Calderón, ya que en el de Vicente Fox el incremento fue de 15.25%, según Verificado 2018.

En el análisis de Verificado encuentro este texto:

El equipo de Verificado 2018 revisó las cifras oficiales delictivas de 2000 a 2005 y encontramos que efectivamente Andrés Manuel logró bajar el número de secuestros en la capital.

OJO: lo que no dice Verificado 2018 es si la reducción fue efectivamente del 38% como presumió López Obrador en el debate.

Si me voy a lo que en realidad se vivió en esos años en la Ciudad de México sí es una disminución de la delincuencia. ¿En qué forma, años, delitos, percepciones? tendría que investigar más sobre el tema, pero hay una realidad: la CDMX sí enfrentó una tendencia descendente en la inseguridad, por lo que más allá de la relativización de las cifras, AMLO sí tiene buenas cuentas que presumir. Pero desde esos años ha habido un esfuerzo de algunos grupos por comunicar lo opuesto: la mayor marcha contra la delincuencia se dio justamente durante el gobierno de López Obrador, quien la minimizó. Esto construye la idea de dos países: el de los que ven en AMLO la salvación y el de los que ven el infierno. Obvio, hay muchos mexicanos en medio. AMLO le habla a los suyos, Anaya a los otros, y ambos a los que están en medio.

La campaña es para convencer. En el debate dominaron los golpes pero algo hubo de propuesta. AMLO siempre tiende a personalizar las soluciones y este fue el caso: confiar en él es la solución a temas de corrupción, inseguridad, gobierno, etc. Las propuestas de Meade o Anaya son más redondas. Cuestionar a AMLO por la posible amnistía a delincuentes o que éste invoque al Papa Francisco, es algo perfectamente lógico, pero los días siguientes al debate tuvo que salir Olga Sánchez Cordero a redondear la idea (que, confieso, tal como ella la presenta me parece sensata) … algo que López Obrador no ha podido hacer desde que mencionó la palabra amnistía en público.

De hecho, para suavizar su responsabilidad en la amnistía, varios lopezobradoristas y él mismo, han tendido a referir que no es el presidente quien la autorizará sino el Congreso. Esto no quita la autoría del tema, ni tampoco que López Obrador se ha negado a hacer precisiones como sí las han hecho Sánchez Cordero y otros. Me atrevería a decir que hasta es intencional: a López Obrador le gusta que hablen de él, que se haga polémica en torno a sus dichos. Esto no deja de ser tan maniqueo, como la forma de presentación de las cifras sobre secuestro por parte de Anaya: ambos están en campaña y así hay que juzgarlos, no como máquinas transparentes de emitir verdades.

No todos, sin embargo, piensan igual. Creo que soy de los NO-Lopezobradoristas más condescendientes con él. Julio Patán escribió esto y el número de retuites refleja la afinidad a la idea de que AMLO “no tiene nada que comunicar”:

Voy a pasar a uno de los temas críticos, no tan relevantes en el debate: el rol de la sociedad civil. Hace poco más de un mes, López Obrador dijo algo verdaderamente preocupante que sus seguidores no alcanzan a dimensionar. El desdén por la sociedad organizada:

“Le tengo mucha desconfianza a todo lo que llaman sociedad civil o iniciativas independientes”

Y de hecho su declaración continuó con el desdén hacia instituciones ciudadanizadas, como el Instituto Nacional de Acceso a la Información. No voy a entrar en detalle pero es una veta también preocupante.

Hernán Gómez Bruera analiza de  una manera muy benevolente con López Obrador este supuesto desliz (lapsus, diría yo):

Lopez Obrador se equivoca regularmente en su manera de comunicar. Su error más reciente ocurrió durante la entrevista a Milenio, cuando pronunció una frase infeliz: “Le tengo desconfianza a todo lo que llaman sociedad civil o iniciativas independientes”.

(…)

La sociedad civil es mucho más que las organizaciones de cúpula que se han vuelto visibles gracias al espacio privilegiado que les otorgan los medios. (…)

(…)

AMLO no está en contra de la sociedad civil. Lo que busca, en todo caso, es escuchar y empoderar a otra sociedad civil, una a la que hasta ahora le hemos dado la espalda.

No tengo la menor duda que hay que detonar mucha organización en la sociedad, particularmente en esos rincones del país que por falta de educación, por pobreza, por represión, la sociedad enfrenta dificultades para organizarse. Pero de allí a calificar a una sociedad civil “buena” y a una “mala” me parece que sí estamos llegando a la esencia de las preocupaciones en torno a López Obrador.

Si se trata de combate a la corrupción, Claudio X González (Mexicanos contra la corrupción) es descalificado constantemente por López Obrador. Si se trata de la Fiscalía General de la República, las organizaciones que buscan influir en el proceso se ganan un apelativo: “fifí”. Hay que tener claro algo, el derecho a organizarse es constitucional y no juzga el origen de los organizados.

¿Hay intereses en la sociedad civil? Sin duda. Pero al final de cuentas la sociedad busca la influencia, da argumentos, cabildea, presiona, abandona … pero las instituciones del Estado deben tomar en cuenta a la sociedad y tomar la mejor decisión. Esto toca otro de los temas en la agenda de López Obrador: la revocación del mandato. Si el gobierno no puede tomar las decisiones más responsables porque ha de enfrentarse a un proceso de consulta, el gobierno sólo tomará las decisiones más populares. Adiós nuevos impuestos, adiós decisiones difíciles, adiós sacrificios, adiós visión de largo plazo … adiós sociedad civil, porque sólo serán escuchadas las voces que se alineen con la perspectiva cortoplacista.

Vuelvo a la marcha del silencio del 27 de junio de 2004. ¿Cómo se juntaron cientos de miles de personas? ¿Cómo fue que por primera vez se desbordó Paseo de la Reforma, y para colmo en una marcha no convocada por la izquierda? Era una marcha que sí tenía que ver con otros intereses, con el conservadurismo, se habría empleado para su convocatoria la estructura de distribución de una empresa que fabrica pan. En aquel entonces, López Obrador minimizó las expresiones:  “en la movilización hubo “manipulación” de las derechas, oportunismo del gobierno federal y “amarillismo” de algunos medios”.

¿Se puede minimizar la expresión de tanta gente? Esa es justo la preocupación del cada vez más probable triunfo de López Obrador. Hay ciudadanos buenos (los que están con él, así su pasado sea desastroso) y hay ciudadanos malos (ya habrá un pecado que recordar de ellos). Se vienen años de gobierno manipulador, de un discurso que pondrá las cosas en blanco y negro. Probablemente el Osito Bimbo metió su mano en la marcha de 2004, como otros intereses meterán su mano en su momento, pero si hay eco en la sociedad es porque algo más pasa.

Con sorpresa veo cómo equipo de campaña y seguidores de Andrés Manuel López Obrador se esfuerzan, bien y con entusiasmo, en contrarrestar los efectos negativos del debate. No lo reconocen pero saben que lo perdieron, entonces ahora deben destacar las #MentirasdeAnaya. Las otras campañas no reflejan el mismo entusiasmo. La forma como se intenta generar odio hacia AMLO destaca justamente la falta de entusiasmo:

IMG_0596

El resultado es una sociedad polarizada, incluso en más de dos polos. No estamos discutiendo a profundidad las rutas de los temas que nos importan. Las posibilidades de éxito de gobiernos del PRI o el Frente, suponiendo que ganen las elecciones, son mínimas. Sí hay un hartazgo y ambos candidatos, José Meade y Ricardo Anaya, están rodeados lo mismo de personas preparadas, que de “nomenclaturas” de los partidos que los postulan, que de gente que representa lo que no ha funcionado. Las dudas sobre sus proyectos son auténticas.

Pero también hay una parte del proyecto de nación (que de alguna manera estableció la llamada “tecnocracia” a partir del sexenio de Miguel de la Madrid) que sí ha funcionado: los pactos comerciales, la industrialización para exportación, el crecimiento de la infraestructura. Incluso, a pesar de que se denunciara el crecimiento de la pobreza en los gobiernos de Calderón y Peña (4 millones según López Obrador, otro dato no verificado), el número fue absoluto, no relativo, y en algunos casos ni siquiera absoluto, según Coneval.

AMLO no es Donald Trump ni Nicolás Maduro, pero sí coinciden en una realidad simplificada y polarizada. El desastre que representan los partidos tradicionales hace difícil que una de esas dos coaliciones pueda triunfar sobre “Juntos haremos historia”. Pero López Obrador es incompleto, provocador, manipulador … aunque eso ya no importa, está rodeado de romanticismo, hay mucha gente encantada, mucha gente que será muy feliz, que llorará de esperanza el 1 de julio, como ocurrió 18 años atrás y Vicente Fox agotó la esperanza lo más que pudo.

Pienso que sólo AMLO puede proponer ideas como la amnistía, como la cancelación del Aeropuerto de Texcoco o la revocación del mandato, y sus huestes terminan de construir el argumento, mientras que sus rivales serían destruidos. No veo hordas de frentistas entusiastas en torno a la propuesta de Pensión Universal que hace Ricardo Anaya; sí veo lopezobradoristas compartiendo artículos y videos sobre la amnistía, cuestionando los ataques de Anaya, discutiendo en todos los espacios.

Estamos vislumbrando ese momento en que a la idea le llega su tiempo. Muchos no estamos convencidos o no completamente convencidos, o aún convencidos tenemos dudas, escepticismo, algún temor. No pasa nada, somos demócratas o debemos serlo. Debemos mirar más allá, mirar en el largo plazo y estar conscientes que se puede estar gobernado por el otro, por el contrario. Al país le hace mucha falta la sacudida, así no simpaticemos con esta sacudida.

Respecto al avión presidencial

  1. 1. Yo sí creo que el presidente de México ocupa un avión, pero contar con uno de doble pasillo puede ser una exageración.
  2. Vender el 787 me parece deseable, pero tengo dudas que sea posible, aunque se podría poner en renta como taxi aéreo, operado por un tercero.
  3. El tema de la seguridad no sólo es importante respecto a la protección del presidente, sino respecto a la vulnerabilidad de los pasajeros que lo acompañan. Un avión presidencial es permanentemente custodiado: me refiero a su mantenimiento, a su abastecimiento, algo que no puede garantizarse en un avión comercial.
  4. Para los eventos presidenciales, también hay aeroacarreo, si es día mundial de medio ambiente y se celebrará en tal ciudad, se trepa media plana de Semarnat, y van al evento; si es 18 de marzo, se trepan directivos de Pemex y aparecen en Ciudad del Carmen, y hay varios aviones disponibles para el aeroacarreo de funcionarios y periodistas.
No es pura fantochería pero sí hay fantochería en el tema de los aviones y helicópteros oficiales. Yo creo que sí se puede abaratar, pero no debe desaparecer la flota del Estado Mayor Presidencial.

Regulación precisa

La comparecencia de ayer de Mark Zuckerberg es un caso muy interesante de cómo los particulares pueden (y lo podríamos decir en primera persona cualquiera de nosotros, en un momento dado) llegar a sacar ventaja de las fallas en la regulación.
No es un tema de Zuckerberg solamente, son miles de circunstancias en que las cosas no funcionan por una regulación inadecuada o insuficiente. Cuando la confianza prevalece, las reglas escritas son innecesarias; paro cuando no, las reglas escritas deben ser cada vez más detalladas.
Yo no estoy pensando en Facebook (aunque hayan vendido mis datos y los algoritmos que se construyen de mis likes), hasta el momento el Facebook me ha hecho muy feliz, por lo que he compartido, por lo que me han compartido, por lo que me han hecho reír, por las personas que he conocido o reencontrado. Estoy pensando en el tema peatonal.
  • Edificios que le imponen su nivel a la calle porque pareciera que nadie con capacidad de generar regulación establece cosas tan básicas como respetar el nivel de la calle … y échenle un ojo a desarrollos “modelo” como Torre Manacar, que hizo lo que se le dio la gana sin que haya instrumentos para exigirle nada.
  • Muros ciegos y entradas de estacionamiento cuando necesitamos pequeño comercio … y lo seguimos haciendo, y si el uso de suelo sólo dice “H”, vale un carajo lo que digamos en los foros de urbanismo, que no habrá plantas bajas activas.
  • No hay cómo empatar el grado de desarrollo de la ciudad, con las necesidades del peatón. Mientras unos perseguimos proyectos específicos donde se hagan las cosas bien, la industria inmobiliaria sigue haciendo cosas mal porque no hemos generado las normas técnicas peatonales que aseguren que, por ejemplo, las banquetas no queden con una inclinación hacia la calle en las entradas de coche, o que no desborden sus escaleras a las zonas peatonales.
  • La mayoría de las medidas de integración urbana que maneja Seduvi son un desperdicio: no se ven por ningún lado. Estrictamente se trata de acciones de interés público que carecen de regulación, no son transparentes, no están sujetas a un plan sino a la improvisación y no se convierten en un mecanismo para detonar el desarrollo equitativo de la ciudad.

Como sociedad necesitamos mecanismos para actualizar la regulación con base en las necesidades públicas. No es Mark Zuckerberg quien falla, tampoco somos los que damos aceptar a los “Términos y Condiciones” … es el Estado que no va detrás protegiendo los derechos de las personas y generando mecanismos inteligentes de actualización del sistema de normas cuando los mecanismos de confianza (es decir, de “no-regulación”) no son suficientes.

 

Sobre el NAICM

Recién publiqué, en mi espacio de El Sol de México, un artículo sobre la necesidad de completar el nuevo aeropuerto en el Lago de Texcoco. Hoy, en ese mismo periódico doy con esta nota:

Yo sigo pensando que lago de Texcoco es el mejor lugar para el nuevo aeropuerto, lo que sí es muy importante es que sólo sea el aeropuerto y se evite la especulación en torno a los terrenos circundantes e inundables.

14 semanas

Están por iniciar las campañas y, en mi calidad de servidor público, no podré expresar mi opinión respecto a mis votos. Así es el lineamiento que he recibido. Tengo mis consideraciones, pues de un lado me parece que desalienta el debate de fondo; aunque por otro, es recurrente la actitud del servidor público que defiende al grupo el que pertenece sin ningún razonamiento. Ahora bien, el lineamiento recibido aplica al inicio de campañas, que ocurrirá el 30 de marzo, por lo que esta publicación es la única consideración que haré en estas 14 semanas.

  1. Mi razonamiento al votar

Desde que dejé mi militancia partidista en 2010, mis votos dejaron de ser todos para una sola opción política. Cada voto tiene un razonamiento.

En México votar por la persona tiene sentido para cargos ejecutivos, no así para cargos legislativos. Los alcaldes, gobernadores y presidente obedecen, en la práctica, a su propio proyecto. Hacen alianzas pero son independientes. Votar por el más (adjetivo positivo) o por el menos (adjetivo negativo) tiene sentido. Digamos: la persona más honesta, preparada, experimentada, joven, progresista, etcétera o por el menos corrupto.

En el caso de los cargos legislativos lo que me resulta importante es la posición relativa en el Congreso o Asamblea. Si el Poder Ejecutivo estará en manos de A quiero ¿una oposición fuerte o una mayoría que le ayude a gobernar? Es decir, uno debería buscar contrapesos o soportes, en función de quién detente el Poder Ejecutivo.

Por último, tengo claros mis negativos, por qué partidos no suelo votar. El PRI siempre está a la cabeza (aunque PT y PVEM lo acompañan), aunque sí he votado por el PRI (Xiuh Tenorio en 2015).

  1. El razonamiento aplicado al 2018
    • Cargos Ejecutivos:
      • Presidente
      • Jefe de Gobierno
      • Alcalde
    • Cargos Legislativos
      • Diputados Federales
      • Senadores
      • Diputados Locales

Presidente. Es el voto más trascendente para todos. Es una decisión difícil, el país está en crisis (me pregunto si la palabra tiene plural). En algún momento sí me he planteado la interrogante de votar por Andrés Manuel López Obrador. En 2006 voté por Felipe Calderón; en 2012 estuve cerca de votar por AMLO … pero opté por anular mi voto (voté por @PapelCarbonell, para ser precisos).

Esta vez padezco lo mismo, no me gusta reducir a López Obrador a una simplificación de “un peligro para México”, pero la forma en que provoca en temas clave, sensibles, no es la de un demócrata. “Lo que diga la ciudadanía” no es democracia, es confianza en los mecanismos de manipulación política para obtener el respaldo de decisiones previamente tomadas. Mi preocupación con López Obrador es enfrentarme a la reducción de la discusión a blancos y negros.

No hace mucho publiqué esto en Facebook:

Vivimos la discusión reducida a nada. Armando Ríos Pínter era la opción más interesante de esta elección, pero el INE no le validó las firmas necesarias para ser candidato. Mis opciones reales se han vuelto esas dos: Anaya o anular. ¿Qué no me gusta de Anaya? Hay gente indefendible cerca de él (como cerca de Meade y de Andrés Manuel), pero también veo gente que vale mucho la pena que me hace pensar en un balance positivo de su posible triunfo.

Observen uno de los comentarios: “entre 2 delincuentes”. ¿Está claro lo débil que se vuelve argumentar en estas fechas? Como se ha cuestionado, AMLO purifica todo. Los demás no tienen ese Don. Eso es lo que más me preocupan del muy probable triunfo de Morena. Hay una debilidad argumentativa en su entorno, sólo están a la expectativa de lo que hace para justificar todo. He visto gente muy brillante, de esos a los que no se les va un desliz del gobernante en turno, pero ahora paulatinamente empiezan a publicar sobre los temas que está cuestionando Andrés Manuel, con enfoques similares.

Ya se está conformando un eje intelectual que defenderá cualquier capricho de López Obrador, eje intelectual del que han carecido tanto Miguel Ángel Mancera en la Ciudad de México como Enrique Peña a nivel nacional. Para bien y para mal. Insisto, veo gente muy brillante que terminará argumentando sobre ideas que responderán a caprichos políticos, porque una de las estrategias de AMLO es tomar decisiones a capricho.

El tema del aeropuerto es justamente un ejemplo de las decisiones a capricho. Llevamos 30 años discutiendo la estrategia aeroportuaria de la ciudad y cuando tenemos un aeropuerto de talla internacional a medio construir, cuando desde sociedad y gobierno muchos hemos dedicado mucho tiempo a la discusión, surge no sólo el cuestionamiento sino la amenaza: se cancela Texcoco. ¿Ese es el Último Hombre que nos promete Zaratustra?

El proyecto de Texcoco exige muchas aclaraciones, revisar los impactos ambientales a profundidad y compensarlos, hay que investigar a Gerardo Ruíz Esparza, sin duda el peor Secretario de Comunicaciones y Transportes de todos los tiempos, siempre rodeado de sospechas de corrupción. Sin embargo, hay tantas oportunidades de desarrollo regional detrás del aeropuerto de Texcoco, que sería una verdadera tragedia cancelar el proyecto a estas alturas.

Lo que sí me queda claro, es que todos los actores que paulatinamente veremos hablando, por ejemplo, en contra del aeropuerto de Texcoco y que antes no tenían una oposición tan clara, con lo que realmente simpatizan es con un gobierno autoritario. Lo que representa –no me tomen por cínico esta vez– esta construcción de la agenda es un gobierno autoritario cuando venimos de dos décadas de cuestionar todo, particularmente la última con el surgimiento de Tuiter. No hay decisión pública que no genere rechazo en redes sociales, porque incluso se ve mal que otros actores la defiendan … pero AMLO no padece esa vulnerabilidad, porque rápidamente surge su cuerpo intelectual que lo defiende.

No es el tema del peligro para México, es el tema de la simplificación de las ideas, del autoritarismo de facto por esa reducción del pensamiento. A lo mejor es lo que necesita México –insisto, no me tomen por cínico–, pero me resulta imposible de defender.

Ojo con este detalle de la conversación con analistas de Milenio:

Le tengo mucha desconfianza a todo lo que llaman sociedad civil o iniciativas independientes.

El problema es que han simulado demasiado con lo de la sociedad civil, es como lo de las candidaturas independientes que son independientes del pueblo, no de la mafia del poder, pero ahorita te aclaro, te voy a poner un ejemplo, la transparencia que tú citaste.

Un parapeto en el mejor de los casos, supuestamente promovido por la sociedad civil, independiente, ¿en qué terminó? El Instituto de la Transparencia que nos cuesta mil millones de pesos, promovido por Fox, pero apoyado por la sociedad civil.¿Saben qué fue lo último que resolvió el Instituto de la Transparencia? Mantener en secreto la investigación de Odebrecht, sobre los sobornos, esos instrumentos que se han creado para justificar, o mejor dicho para encubrir actos de corrupción, son instrumentos que se han venido creando para simular que se va a combatir la corrupción y al final lo que hacen es proteger la corrupción.

No sólo es lo que dice sobre el INAI, es el prejuicio a las iniciativas de la ciudadanía, la desconfianza a los intereses que pueden estar detrás de posiciones políticas (y que suelen estarlo, cierto) y la negación a este poder emanado de la sociedad (que es justo el que ha movido tanto agendas de minorías como otras agendas estratégicas como género, movilidad, cultura, juventud, entre otras). Es el mismo desdén con el que se ha despreciado la vida de los 43 normalistas por parte del gobierno federal y la derecha: estaban en malos pasos, su vida no es defendible. “No creo en las iniciativas independientes, tienen jefe, no reconozco sus derechos.”

Andrés Manuel López Obrador, de ganar, puede refrescar mucho la política que está absolutamente viciada, pero no representa la quimera que persigo y le pone riesgos a las agendas que defiendo o con  las que simpatizo. No descarto que al cabo de seis años su paso por la Presidencia sea muy positivo: estoy abierto a ser gobernado por alguien con quien no simpatizo, y eso es algo que nos hace mucha falta a los mexicanos.

Explico, para terminar esta sección, por qué Meade no y Margarita Zavala tampoco. Mi imagen de Meade se desploma día a día. De amigos en común escucho las mejores opiniones, pero lo que veo en medios es un candidato pusilánime, sin agenda, secuestrado por el “estratega” de esta administración federal (el becario de la Cancillería), montando el mismo discurso inverosímil de la Procuraduría General de la República y el PRI sobre el supuesto lavado de dinero de Ricardo Anaya. Más allá de si hay materia o no para la acusación a Anaya, está claro que nuestro superarchirecontrachingón técnico terminó secuestrado por un despacho mediocre de estrategia electoral ¿ese es mi próximo presidente? #oritanogracias

Con Margarita Zavala veo algo peor, de un lado me resulta una comparsa del PRI; por otro, la agenda conservadora anti derechos LGBTTTI. Al final de cuentas Zavala tampoco se mueve con libertad, forma parte de un grupo que está pensando en “el día siguiente”. Sobre ella cae la sospecha que haya sido la única que junto las firmas y de panzazo. Su misión de grupo es que no crezca Anaya y posicionar a alguien para hacerse del control del PAN pasada la elección (tal como en su momento hizo Felipe Calderón con Josefina Vázquez Mota, a quien le cobró que haya vencido a Ernesto Cordero en las internas del PAN).

Jefe de Gobierno de la Ciudad de México. Este es mi tema claro está, y como lo publiqué en alguna ocasión, me habría gustado estar en la boleta aún sin posibilidades, sólo por la agenda de ciudad. La realidad es que no me siento representado por ninguna de las candidatas o de los candidatos. Es muy probable que termine votando por Marcos Rascón –aunque el partido que lo postula me revienta–. El resultado es bastante obvio, al menos tenemos claro que será una mujer la que nos represente a partir del 5 de diciembre, pero hasta el nombre es bastante obvio: ¿qué pasará con la agenda de transporte, espacio público y desarrollo urbano que he defendido?

Esa es justamente mi labor una vez que deje la Autoridad del Espacio Público: necesitamos que el llamado “nuevo modelo de movilidad” deje de ser el “blá blá blá” que ha sido hasta ahora y se instrumenten las acciones que lo hagan realidad y eso lo tendremos que hacer fuera del gobierno, gane quien gane. Ya en otra publicación hablaré de los retos en esta agenda.

Alcalde en Benito Juárez. El PAN ha ganado las 6 elecciones desde 2000 y ha gobernado con absoluta comodidad. Benito Juárez ha sido, junto a Miguel Hidalgo, mi espacio de acción. Es ahí donde conozco a los actores, donde suelo ser amigo de algunos candidatos. Todavía veo ventaja de Acción Nacional y esto marca en buena medida mi probable voto, el PAN debe salir todos los días a luchar por la delegación, debe dejar atrás el territorio cómodo que ha tenido durante 18 años, debe sentirse presionado. Una elección competida hará una delegación mejor gobernada.

Diputados Federales.  Si llega a ganar López Obrador, con su forma de presentar los dilemas en blanco y negro ¿de verdad queremos que cuente con mayoría absoluta en alguna de las Cámaras? Absolutamente no. Revisaré las listas, mi voto está entre Partido de la Revolución Democrática o Movimiento Ciudadano.

Senadores. Mi voto es por Patricia Mercado. Es decir, Movimiento Ciudadano. Sin dudarlo. Admiración y aprendizaje, por lo menos.

Diputados locales. Vaya conflicto. Christian Von Roehrich, por el Frente; Paula Soto, por Morena. Ambos amigos. Paula con una agenda muy clara, género, que necesita su representación en el Congreso de la Ciudad de México. Si lo más probable es que gane Claudia Sheinbaum lo mejor será que esté acotada, lo que incentivaría un voto contra Morena … pero Paula no es de Morena, no la veo secuestrada por una fracción parlamentaria (De hecho, en la IV Legisltatura supo marcar distancia a muchas decisiones del PAN en el que militaba). En fin, no es una decisión sencilla.

  1. Instituciones

En el país nos urgen instituciones, y eso es bastante claro ¿cuáles? allí está el dilema.

Credibilidad. En Perú el presidente renuncia por un escándalo de corrupción que llega hasta México. Realmente Peña Nieto debió renunciar a la Presidencia en 2014 … aunque el cargo no es precisamente renunciable por definición constitucional. La corrupción de Peña está más que probada: propiedades donadas, conflicto de interés en el caso de la Casa Blanca, más todos los otros conflictos en los que lo metió Gerardo Ruíz Esparza (tren a Querétaro, OHL, Aeropuerto, Socavón, etc.) y sumémosle la presencia del peor secretario de Hacienda desde los irresponsábles déficits de los años setenta. ¿Cómo detonar credibilidad?

Me parece que necesitamos dos cosas, empoderar a los técnicos (poder de carácter técnico) sin generar vínculo político, respetar las instituciones creadas con esta estructuración técnica. Esta costumbre de conformar instituciones autónomas con cuotas de partido sí es un peligro para México. Existe una alternativa: ser estrictos en la selección de candidatos, pero elegir entre los seleccionados de manera aleatoria y no partidista. Aplica para INE, INAI, Inetel, Suprema Corte y lo que se nos ocurra. Lamentablemente no estamos en esta vía.

Partidos y ciudadanos. Necesitamos una reforma del sistema de partidos que no sea diseñada por los partidos. Necesitamos que los partidos se queden callados en la discusión, que generemos consensos y que haya un compromiso de los partidos por aprobarla sin que ellos participen de la discusión. ¿Estoy pidiendo un imposible? Estoy pidiendo lo que necesitamos. La siguiente reforma electoral, y como sabemos es una costumbre sexenal con más de 60 años de tradición, será a la medida de los partidos … por eso debemos cocinar una reforma al sistema de partidos sin los partidos.

Continuidad. Debemos de dejar de jugarnos el futuro de México en cada elección. Elevamos tanto las expectativas cada seis años que mantenemos una gran frustración con el resultado. La democracia exige continuidad, no mesías sexenales. México elige presidentes de seis años no de medio siglo. Deben pensar y planear el futuro, sin duda, pero de manera agregada con el anterior y el sucesor.