Convicción o pragmatismo

Puedes votar por convicción: una idea te convence.

Puedes votar por estrategia: te opones a algo y apoyas a un candidato por el llamado “voto útil”

Me parece que la selección de por quién votar está dominada por estas dos opciones. En las recientes elecciones del Estado de México (aún no sabemos quién ganó) ambos perfiles de voto estuvieron presentes:

  • El candidato del partido en el poder representa una convicción. Sus votos parecen ser más por convicción que por utilidad
  • La candidata de Morena representa ambas opciones, es la convicción de un grupo pero a la vez, por sus posibilidades de ganar al PRI, representa el voto útil para muchos más
  • El candidato del PRD representa claramente un voto de convicción y eso es lo más meritorio de la historia. Un PRD que venía dando malos resultados cuando no compite en coalición, despierta las convicciones.
  • La candidata del PAN no logró representar ni una ni otra, por ello se desplomó. De hecho, una parte de los simpatizantes de su partido optó por hacer voto útil a favor de Alfredo Del Mazo. Para una parte del electorado panista más vale que el PRI siga gobernando a que Morena tome el poder. Ni los distritos panistas votaron por Josefina, eso lo dice todo.

En esta experiencia electoral, me parece, lo más digno de valorarse es el voto de convicción. Muchos tenemos un rechazo casi automático al PRI. De haber votado en el Estado de México tal vez lo habría hecho por Delfina, en términos de voto útil; aunque habría simpatizado con Juan Zepeda, en términos de convicción. ¿Cuál de las dos debe pesar?

Yo creo que México lleva demasiado tiempo atado a decisiones pragmáticas de voto útil, y poca convicción. El resultado es desastroso. De allí que figuras frescas como Juan Zepeda deberían ser apoyadas por la ciudadanía, sea cual sea su partido, puesto que sólo así podremos renovar la política. Más voto de convicción y menos voto útil, tal vez así lleguemos a mejores resultados. De otra forma, seguiremos eligiendo al menos peor.

La segunda vuelta

La elección de la próxima semana en el Estado de México equivale a la primera vuelta de la elección presidencial. El PRI siempre ha ganado allí, incluso los años previos a las elecciones del 2000 y 2006, donde quedó en segundo y tercer lugar, respectivamente, en la elección presidencial. Es decir, el Estado de México no ha definido la elección presidencial en la era de la alternancia.

Veo los siguientes escenarios:

a) Morena gana la elección, el PRI queda en segundo lugar: el electorado nacional interpretará que el PRI está muerto (de hecho, lo estará), lo que no significa que Morena vaya a ganar la elección presidencial, sino que ésta se centrará en dos posibles triunfadores, el candidato de Morena y otro (no priísta, naturalmente). Las posibilidades de una alianza PAN – PRD crecen.

b) Morena gana la elección, el PAN queda en segundo lugar: el electorado podría responder con una polarización de la elección presidencial entre ambos partidos. Ni PAN ni Morena estarían dispuestos a dar mucho en una negociación con el PRD, por lo que la búsqueda de la coalición por el PRD podría intensificarse con pocas posibilidades de influir en el resultado.

c) Morena gana la elección, el PRD queda en segundo lugar: escenario interesantísimo porque fortalece al PRD en una negociación hacia 2018, ya que hoy fácilmente se le descarta.

d) PRI gana la elección y Morena queda en segundo lugar: en mi percepción este es el resultado que más conviene a Morena, porque le da liderazgo y discurso durante un año, tendería a haber conflicto post-electoral, mayor desgaste para el PRI y menor voz para el PRD. El electorado podría interpretar que el PRI mantiene posibilidades lo cual tendería a fragmentar el voto en 2018.
e) PAN gana la elección. Imposible.

f) PRD gana la elección. Imposible.

Como dije, creo que a Morena le conviene perder la elección (pero creo que ganarán, lo que los podría “marear” rumbo a 2018). El PRI necesita a toda costa ganar, es su última esperanza, de no triunfar en el Estado de México, habrá una salida masiva de priístas hacia otras fuerzas, y eso definirá mucho el próximo año.

Más allá de triunfar, para PRD y PAN, algo que descarto, creo que al PRD le conviene el escenario a): un triunfo de Morena con segundo lugar del PRI (o del PRD, por supuesto). Sólo veo una oportunidad de que el PRD gane el año próximo, y es muy remota: construir un discurso de izquierda mucho más ganador que el de “con este viejo caballo de palo” que ha dominado a Morena. La Ciudad de México tiene mucho que contarle a un país sumido entre la violencia y la corrupción, la Ciudad de México lleva 20 años de gobierno de izquierda (más allá de nombres como Mancera, Ebrard, López Obrador o Cárdenas). Se necesita chispa, audacia, para que los mexicanos pensemos en las bondades de un proyecto de izquierda distinto al de Morena.

En el caso del PAN, insisto, veo imposible el triunfo de Josefina Vázquez Mota, el escenario que más les conviene es que en la caída del PRI logren el segundo lugar, lo que perfilará la elección de 2018 como una segunda vuelta.

Activismo e influencia

¿Qué busca el activismo? Transformar una realidad.

Los años que he estado en el activismo he luchado por eso: transformar una realidad. Ahora como funcionario parece que eso (ser activista y funcionario) es como el agua y el aceite. ¿De verdad? En México somos tan desconfiados que esto resulta (casi) imposible.

El activista que apoya al político o al funcionario es considerado palero, vendido, aplaudidor ¿no estamos pisoteando los derechos de las personas al tratar de ubicar al activismo sólo en oposición al gobierno? Sí, es una especie de censura en una sociedad en la que más vale deshacer que hacer.

Buscamos influencia en función de un objetivo, un ideal, una transformación. En ese sentido resulta fundamental cierto pragmatismo: lo importante es esa influencia, no cumplir con los cánones preestablecidos:

Los funcionarios son (adjetivo negativo) por naturaleza

Los activistas son opositores por naturaleza

Estos cánones no ayudan a la influencia. En materia de movilidad no motorizada, una de las líneas donde se ubica mi (pasado) activismo debemos lograr influencia en cierta línea:

  1. Seguridad vial
  2. Conveniencia de la movilidad no motorizada

Cualquiera que sea la estrategia en estas dos vías, más o menos resume (en forma muy simplista) las luchas de la movilidad no motorizada: queremos calles seguras y queremos que nuestras actividades sean agradables y convenientes.

Calles seguras implica no sólo no sufrir las consecuencias de los incidentes viales, sino también las agresiones que ocurren en las calles, particularmente para los más vulnerables (no me refiero a la condición de peatón o de ciclista, sino a mujeres, indígenas, pobres, niños, adultos mayores, personas con discapacidad, etc.).

Agradables y convenientes: caminar o pedalear es toda una experiencia positiva, pero no lo es entre obstáculos, calles sucias, obscuras, congestionadas, contaminadas, rotas, rutas indirectas, semáforos de ciclos prolongados, sin espacios para hacer un descanso, etcétera.

La denuncia forma parte de un proceso de sensibilización. Quizá por allí comienza la transformación pero está muy lejos de lograrla. Lograr que a través de la denuncia se transforme algo en concreto es un mejor paso. ¿Pero qué tal una política en la que sistemáticamente vaya construyéndose la transformación?

Denunciar un auto en la banqueta o en una ciclovía a través de tuiter sensibiliza. Lograr que llegue la grúa y lo retire es mejor, pero no transforma. Lograr una acción sistemática de la autoridad que genere un aprendizaje social e incluso vergüenza del infractor permitirá que nunca haya invasiones a la infraestructura peatonal o ciclista. Este es el sueño de quienes hemos militado en pro de la bicicleta o del peatón. No hay acciones sistemáticas y necesitamos lograr influencia en esa materia (como en muchas otras).

Necesitamos influir. Por tanto, necesitamos replantear la relación entre organizaciones peatonales y ciclistas, y entre éstas y el gobierno. Los que estamos dentro del gobierno estamos relativamente solos ¿Es así como vamos a generar un cambio hacia el ideal de movilidad no motorizada? Claramente no.

 

 

 

 

Mis 200 años de la bicicleta

No recuerdo cuándo empecé a pedalear pero fue entre los ocho y los diez años. Nunca fui un extraordinario niño motriz. Mi prima Silvia usaba una bicicleta igual a la mía pero a veces con los patines puestos; la de ella azul, la de mi primo Edgardo y la mía, rojas. El día que lo intenté me caí y quedé tirado en el piso hasta que llegó mi tío. Solíamos dar vueltas a la manzana, la de casa de mis abuelos o la de mi casa. A veces nos íbamos un poco más lejos. Un día mi bicicleta dejó de ser mía y no volví a pedalear tal vez por más de 15 años.

Hacia 2001 o 2002, tal vez, compré una bicicleta en la Comercial Mexicana. La llevé a ajustar (lo que se pudo) y empecé a pedalear otra vez. La relación de velocidad y desplazamiento me era absolutamente diferente. Esta recuperación de la bicicleta, pero ahora recorriendo calles y avenidas me gustó … pero no tenía técnica. Seguro que más de una vez puse en riesgo mi vida.

Comencé a recorrer el distrito 24 local, por el que competí un año más tarde. Calle por calle, debo haber recorrido el 90% de las calles por lo menos. Solo. Sin tomar notas. Quedándome con la imagen de la traza urbana, las particularidades de cada barrio, e incluso de cada callejón. En alguno un perro mordió mi pie y me siguió con la cabeza rotando sobre mi pie atrapado mientras intentaba huir. Había invadido su espacio.

En el otoño de 2002 estuve en los Países Bajos y en Bélgica. Renté bicicleta en Leiden y en Brujas. Para mi sorpresa las bicicletas eran demasiado altas, me estresaba no tocar el piso. Un día intenté subir el Cerro de la Estrella en bicicleta y no pude, alguien me dijo, sube el asiento. El tipo de bicicleta que tenía no era para mí. Al final de mi campaña para diputado regalé la bicicleta a uno de los brigadistas. Más tarde compré alguna otra por el estilo, baja, sin grandes posibilidades en la ciudad.

En 2010 me compré una bicicleta Turbo de unas 24 velocidades. Era buena. Seguía sin saber andar en bicicleta urbana. Era atravancado, era un riesgo. Como muchas cosas que he hecho en la vida, el autoaprendizaje ha dominado. Así que cuando entré a trabajar a ITDP mi conducción era notoriamente mala. La compañía de colaboradores que ya dominaban la bicicleta urbana subió mi nivel; sin embargo, vivía a 15 kilómetros del trabajo, así que no era muy atractivo un viaje diario en las dos direcciones.

Cuando empecé a salir con Angélica, ella tenía una bicicleta igualita. Ambas terminaron robadas en las escaleras de su departamento. Para entonces ya había comprado una Brompton, por mucho la mejor de las plegables. La sigo teniendo. Verde. Es magnífica, aunque para grandes distancias no me acomoda tanto. En principio la pensé para coexistir con el transporte, conforme te acostumbras a la bicicleta te preguntas ¿para qué la desarmo, entro al metro o al metrobús, y luego la cargo? Así que los trayectos se empiezan a agrandar y te apoyas en otra bicicleta.

En 2013 compré una Specialized negra. Magnífica. La dejé sin candado en el edificio donde vivo y un buen día desapareció. Compré también una Benotto muy sencilla para dejar encadenada en estaciones del metro. En una ocasión la olvidé una semana y allí seguía, fuera de una estación de la Línea 12. Ahora la convertí en una bicicleta de velocidades, mejoré sus frenos y en ella estoy remolcando a mis hijos de vez en cuando (me sugirieron no montar el remolque en la Brompton, pero me encantaba cómo se veía).

Desde que abrió Ecobici en 2010 soy suscriptor. Debo ya haber recorrido algunos cientos o miles de kilómetros en Ecobici. Son pesadas, no son para grandes distancias pero de vez en cuando hago trayectos de unos diez kilómetros. Soy más feliz desde que tengo una estación a 80 pasos de la entrada de mi edificio.

Nunca he sido el gran ciclista. Recién he elevado mi velocidad promedio en ciudad a 16.5–17 kilómetros por hora. He participado en dos carreras Brompton, quedando más cerca del último que del puntero. Los fines de semana hago grandes trayectos, pero debo compartir las responsabilidades del cuidado de mis niños (unos pequeños traviesos, aún) así que no he logrado elevar mi resistencia los niveles que quisiera. Mi récord es haber ido a Milpa Alta y regresado recorriendo distintas zonas del sur de la ciudad, 75 kilómetros de desplazamiento y ascensos acumulados por 500 metros de altura. Esto lo hice en la Giant que tengo desde hace un par de años, regalo familiar por mis 44 años. Pronto espero ir a las Pirámides y algún día llegar a Acapulco.

He participado en rodadas pero no tantas veces, alguna hasta Mixquic en día de muertos. Cuando viajo en camión a otra ciudad suelo llevar la bicicleta y moverme en la Brompton.

He sido autodidacta hasta cierto punto, como decía, pero también he aprendido del movimiento ciclista. Es hoy una hermandad (o muchas hermandades), son grandes promotores, cada uno en su tierra, en su nicho. Hay grupos muy familiares, hay quienes hacen rodadas larguísimas y otros cortas, hay grupos de mujeres exclusivamente, me da gusto encontrarlos por algún lado de la ciudad en la noche.

Son ellos y ellas, los grupos ciclistas que se han formado en las últimas décadas en todas las ciudades de México los que han abierto camino a la bicicleta urbana, son ellos y ellas los que han hecho visible la oportunidad de transformar nuestras ciudades a partir de la movilidad no motorizada, son ellos y ellas los que han contagiado entusiasmo a otros para ahora, de vez en cuando, tener rodadas de miles y miles de personas.

México es la Sede del Foro Mundial de la Bicicleta, inaugurada el Día Mundial de la Bicicleta a los 200 años de su invención. Esto es simbólico y merece el reconocimiento de quienes han participado por tantos años (hace unas horas, en la inauguración, se homenajeó a los veteranos de la bicicleta en México) y de quienes han dedicado meses a la preparación del FMB6. Ciudades hechas a mano, por gente dedicada con amor por la ciudad.

Me gustaría ser parte de algún grupo ciclista, pero un poco por mi personalidad no lo he sido. Siempre me ha sido más fácil organizar mis recorridos solo, peinar por completo las calles de una colonia o irme a visitar algo en especial. Pero en todo caso, creo que la bicicleta y yo conviviremos muchos años más, y me ayudará a mantenerme sano. Espero seguir pedaleando cuando menos hasta los 250 años de la bicicleta y sueño con hacer finalmente estos recorridos con mis hijos, quiero compartir con ellos estas derivas urbanas.

Para mi estos 200 años de la bicicleta se pueden resumir en una sola palabra. Libertad.

Bolardos y cosas peores

En los últimos años la Ciudad de México se ha llenado de bolardos. No es la única. En realidad los bolardos sirven en muchas ciudades del mundo para establecer cierto orden. Claro, los bolardos se van adaptando a la realidad local, no siempre están presentes, pero algunas ciudades los usan con mucha intensidad, y algunas otras los decoran (vean las “XXX” en la imagen de Amsterdam), para reducir su impacto visual. En todas estas fotos obtuve con rapidez la imagen de un bolardo una vez que decidí “visitar” Madrid, Milán, Londres y Amsterdam en Google Maps (ojo, también es frecuente la reducción de radios de giro y la extensión de las banquetas para generar “orejas” en las esquinas).

Captura de pantalla 2017-04-01 a la(s) 21.54.42

Captura de pantalla 2017-04-01 a la(s) 22.02.46

Captura de pantalla 2017-04-01 a la(s) 22.17.42

Captura de pantalla 2017-04-01 a la(s) 22.21.06

En el caso de la Ciudad de México, en realidad, han existido desde hace décadas sin que nos demos cuenta, pero son esos tubos que algún vecino ha puesto frente a su propiedad para evitar que le estacionen autos o hagan maniobras sobre la banqueta.

Claro, esos primeros bolardos fueron una simple tubería, a veces pintada de amarillo, a veces ni siquiera, con alturas que nos permitían jugar a pasar los bolardos por entre las piernas ¿alguien no lo ha intentado?

En la evolución de los bolardos, de pronto nos llenamos de unos bolardos bajitos que muchas veces provocan tropezones mayores, porque si no lo ves tu velocidad de caída es alta en ocasiones sin posibilidad de meter las manos:

Captura de pantalla 2017-04-01 a la(s) 22.04.29

En el caso de Masaryk, se cometió el error de utilizar el mismo material del piso para hacer los bolardos, de tal suerte que es sumamente fácil perderlos de vista y caer. Peor aún cuando la ubicación de los bolardos es inesperada: bahías y entradas de auto.

Captura de pantalla 2017-04-01 a la(s) 22.13.40

Como los radios de giro de las bocacalles de Masaryk se redujeron y los bolardos no eran muy visibles, fue necesaria la sustitución de los bolardos de las esquinas para lograr una mejor seguridad (es decir, que se vieran).

Captura de pantalla 2017-04-01 a la(s) 22.24.21

Doy unos pasos para atrás: ¿Qué son y para qué sirven los bolardos? son delimitadores de áreas en el espacio público y sirven justo para evitar la invasión de los autos a las áreas peatonales o ciclistas. Generalmente se colocan cuando el nivel de áreas vehiculares y peatonales se empata (algo que no sucedió en Masaryk). Hay distintas especificaciones, no sólo por la evolución del bolardo mismo sino por la función que tienen. También se le designa con otros nombres: ito, picoba, entre otros … o simplemente “palito”.

No siempre los bolardos están pensados para ser permanentes. La historia de las ciclovías en la Ciudad de México es reciente, y los separadores de las ciclovías también han tenido una rápida evolución:

Desde la “quesadilla”, cuyas piezas tuvieron un rápido desgaste:

Captura de pantalla 2017-04-01 a la(s) 22.37.05

Hasta la pieza que parece ser la que dominará las siguientes ciclovías:

Captura de pantalla 2017-04-01 a la(s) 22.41.16

Pasando por dos modelos intermedios, en negro y en verde:

Captura de pantalla 2017-04-01 a la(s) 22.42.13

Captura de pantalla 2017-04-01 a la(s) 22.40.27

Menciono esto justo por el verde: cuando se instaló en la ciclovía de Gandhi, y la de Chapultepec – Fray Servando, incluía un “ito”, es decir, un bolardo, también en verde, que algunos microbuseros se dedicaron a “rasurar”: pasaban encima de ellos para irlos quebrando … y lo lograron. Lo que no sabían es que no importaba: su única función era facilitar la visibilidad del elemento de confinamiento, así que una vez acostumbrada la población a éste, el bolardo podía irse.

En el caso de los bolardos fijos pasa algo similar. El bolardo evita que los autos invadan zonas peatonales, pero cuando un auto golpea un bolardo y éste cae, ha cumplido su función. El problema, sin duda, es reponerlo pronto, tanto por el impacto visual que significa verlo tirado, ausente o retorcido, como por el riesgo de invasión al área peatonal. De hecho, son relativamente baratos, muchas veces por debajo de los mil pesos, salvo que tengan alguna característica especial (retráctiles cuestan decenas de miles, por ejemplo).

Hay quien dice que los bolardos se ven horribles. Yo no tengo la misma perspectiva visual. En espacios patrimoniales son los autos los que me parece se ven horribles. Por ejemplo, la Parroquia del Inmaculado Corazón de María, un templo modernista en la Colonia del Valle, donde los bolardos evitarían tal invasión de vehículos y se verían si no mejor, sí “menos peor”:

Captura de pantalla 2017-04-01 a la(s) 22.52.31

O casi cualquier iglesia colonial en México. En la imagen, Santa Catarina, en Coyoacán. Yo recomendaría quitar los autos estacionados del lado izquierdo, ampliar la banqueta y colocar bolardos en los puntos en que áreas peatonales y vehiculares estén al mismo nivel (si igualamos el nivel de la calle, entonces a todo lo largo; si sólo igualamos las esquinas, entonces allí).

Captura de pantalla 2017-04-01 a la(s) 22.55.07

Estamos demasiado acostumbrados a ver autos estorbándonos la vista de la ciudad. Por ello, cuando un proyecto pone orden, lo que salta a la vista son los bolardos, más aún cuando lo que se hace es volver a delimitar áreas viales, como sucedió con “los palitos” de los pasos seguros, cuya funcionalidad ha sido mal comunicada, amén de que en algunos casos han ocasionado congestionamiento:

Captura de pantalla 2017-04-01 a la(s) 23.03.42

En el caso del paso seguro de la foto (Marina Nacional con Mariano Escobedo), los palitos están dando pausa a los peatones que cruzan en ese punto, aprovechando que el tercer carril viene ocupado por los vehículos que dan vuelta a la izquierda. Es decir, si los autos se acomodan para seguir derecho en los dos primeros carriles y los que dan vuelta usan el tercero, no tendría por qué generar tráfico. Claro que hay hábitos de manejo locales: por ejemplo, el vehículo negro que está subido en la banqueta quita capacidad al primer carril (y quita comodidad al área peatonal).

¿Podremos librarnos de los bolardos en el futuro? Mientras la política de tránsito siga orientada a “dar vialidad”, es decir, a agilizar el movimiento vehicular, esto será difícil. Sin embargo, si optamos por una política sistemática de sanción a conductores que invadan áreas peatonales, es probable que en algunos puntos empecemos a obviar la presencia de bolardos.

En el caso de los proyectos de la Autoridad del Espacio Público estamos haciendo una reflexión, derivada de múltiples opiniones recibidas, incluido Rafael Pérez Gay en un artículo reciente: como decía, los bolardos los ponemos donde el nivel de circulación vehicular empata con el de circulación peatonal. Estoy pidiendo que no hagamos esto en automático, que no pongamos los bolardos en todos los casos, sino sólo en aquellos en los que exista riesgo de invasión del automóvil al área peatonal.

Insisto, se trata de un mueble urbano necesario, pero del que no hemos sabido comunicar adecuadamente su funcionalidad. Ojalá en el futuro las “calles compartidas” (que para muchos son el paraíso urbano) carezcan de bolardos, en vez de que éstos se vuelvan parte del paisaje urbano, como por ejemplo en 16 de Septiembre:

Captura de pantalla 2017-04-01 a la(s) 22.27.46

Japón lo ha logrado muy bien. Sus calles compartidas son (casi) libres de bolardos, porque hay un alto respeto de los espacios y las personas.

Captura de pantalla 2017-04-01 a la(s) 23.21.08

Sin embargo, y mientras tanto, los bolardos se seguirán apoderando del espacio urbano: salvan vidas y mejoran la convivencia auto – peatón.

Justicia para Daphne

No hay un balazo para el juez

No hay una puñalada para el violador

No hay pedradas para quienes le han pagado abogados, para quienes le ayudaron a huir a España

Hay rabia social

Y una víctima que sintió y siente dolor, aunque su victimario no sintió placer

Hay una justicia de puta mierda

No pedimos la muerte violenta para los cuatro cerdos, ni para quienes les han ayudado. Sólo justicia. Cárcel para los violadores. Desempleo para el juez. Vergüenza para quienes los defienden. Y un país que nunca más viva violencia contra las mujeres o las personas vulnerables, ni indolencia frente a la injusticia.

Motivaciones

Mi motivador es la ciudad. Esto va más allá del legítimo deseo de dar un buen ejemplo a mis hijos, seguir un buen desempeño en mi carrera profesional o llevar a la práctica lo que he pensado por muchos años.

Cuando hablo de que mi motivador es la ciudad pienso en varias preocupaciones. Ser parte del gobierno desde hace un año, y es por ello que hoy escribo esta entrada, nos coloca como ejemplo para algunos, positivo y negativo. Algunos juzgarán positivamente lo que hacemos y otros negativamente. Las instituciones tienen sus límites y las reglas de hoy no facilitan la buena imagen:

  1. Los problemas de los ciudadanos no siempre son solucionados o tardamos en lograr la solución.
  2. Es muy fácil generar incertidumbre: tráfico, bloqueos, candados, grúas, obras, fugas de agua, etc.
  3. No tenemos articulada una visión de largo plazo, porque nos domina la inmediatez.

La Constitución de la Ciudad de México es una carta de derechos en la que nos debemos ocupar en los próximos años para garantizar su satisfacción y cumplimiento. Esto nos llevará a un esfuerzo de planeación sin precedentes: por primera vez estamos obligados a pensar en esta articulación de la promesa de un derecho con su cumplimiento.

Nada garantiza que ocurra, aún, esta conexión entre las buenas intenciones de la Constitución y la concreción de los derechos que pretende garantizar. Me parece que los retos de los próximos años son justamente esos:

  1. Garantizar la solución inmediata a los problemas públicos. Y con esto no me refiero a cuestiones relativamente simples como tapar un bache o prender una luminaria (que a veces se nos complican, por cierto), sino cómo atender la causa raíz de esos problemas públicos y, digamos, anticiparnos al bache o la luminaria fundida.
  2. Atender justamente la incertidumbre del ciudadano, eso que le genera la sensación de que su gobierno no le sirve para nada.
  3. Construir instituciones de planeación fuertes, profesionales, críticas, autónomas, que se aboquen a construir el camino para unir la vocación garantista de la Constitución de la Ciudad de México, con la realidad.

Estos tres retos me entusiasman, así ahora sea parte de un aparato que tiene que replantearse a sí mismo para atender estos tres retos (y que por lo tanto soy cómplice de las fallas).